9788420492599cSinopsis. La última novela que escribió Ignacio Aldecoa. Una huella honda e imborrable en la narrativa española del siglo XX. El planteamiento es sencillo: a una aldea de pescadores de una isla del Atlántico —La Graciosa, en Canarias— llegan unos hombres extraños que alterarán, por poco tiempo pero dramáticamente, la vida cotidiana de los isleños. Fluye bajo la historia uno de los grandes temas contemporáneos: el enfrentamiento entre la sociedad tradicional y la sociedad moderna urbanizada. Por su precisión narrativa, por la perfección de sus diálogos y por la belleza austera de sus descripciones, Parte de una historia es uno de esos libros que los críticos llaman una obra maestra y los lectores leen con el más profundo gozo literario.

Parte de una historia. Ignacio Aldecoa

Alfaguara | 2ª edición | mayo 2003 | rústica con solapas | 244 pp.
ISBN: 9788420481784


Tengo que reconocer que, mientras estudiaba la carrera, Ignacio Aldecoa no pasó de ser uno de tantos nombres que poblaron aquellos apuntes garabateados. No sé si fue mi pecado el no leerlo entonces. O fue pecado de mis profesores, que nunca lo destacaron más allá de enumerarlo en las pertinentes retahílas de autores. Pero fue un pecado, en cualquier caso.

Fue a finales de 2014 cuando, por primera vez, me adentré en la narrativa de Aldecoa, gracias al volumen de Cuentos que, a cargo de su mujer, Josefina, publicó la editorial Cátedra en la imprescindible colección de Letras Hispánicas. Fue un descubrimiento de los que iluminan. Parte de una historia no es más que continuar mi fascinación por este autor, y previsiblemente pronto caerá en mis manos alguna otra de sus novelas (Gran sol, quizás).

Es el lenguaje y la precisión narrativa de Aldecoa lo que me tiene subyugado. Sin enredarse en florituras innecesarias, las palabras fluyen con un caudal tan rico como melodioso, y todos los registros lingüísticos —tanto del narrador como de sus personajes— se recogen a la perfección.

Así, en Parte de una historia el lenguaje es rico, exacto, muy anclado en el entorno marino de la historia que escribe, ambientada en un poblado pesquero de una de las islas canarias. Una muestra de su prosa mas lírica:

En el rayo de sol que flecha por la contraventana hay un tobogán de arena iridisciente. Ondas, nubes, multitud. Creación y descreación de formas en un calidoscopio enloquecido. Contemplarlo es acercarse al caos. Variación permanente, metamorfosis infinita, continua construcción destruida. Interrumpo con la mano la luz de la vorágine.

Y otra más, con la misma imagen, el mismo lugar, pero en otro momento:

Por las hendijas de las contraventanas penetra una luz agria, pero la alcoba está iluminada por otra luz, licorosa y perlina, en la que mis ojos, como lentos peces de acuario, se mueven sin curiosidad. Esta hora de la siesta —no dormida— ha apagado el deseo de unirme a los náufragos y su séquito, y estoy lejos de aquí y de mí, en otra parte —aunque no podría precisar qué lugar— y en aquel que fui entonces.

Si insisto tanto en el lenguaje, es porque ocupa un lugar preeminente en este magnífico libro. La historia —que la hay— se convierte en un vehículo de difusión de la prodigiosa y luminosa narrativa de Aldecoa.  Llama la atención cómo se inserta el narrador dentro de la propia historia: ¿es un narrador testigo, alejado del desarrollo principal? ¿o es plenamente partícipe de la trama que se despliega? Como historia, si elimináramos al protagonista —que en ningún momento dice su nombre, dejando que nos imaginemos perfectamente a Aldecoa en ese hueco—, el argumento no se resentiría en lo más mínimo. Su incidencia es poco menos que tangencial. Y, aunque tenemos breves y constantes coletazos de lo que ha de ser el mundo interior de ese narrador, y su imbricación con todo lo que observa y nos transmite, no es lo principal. En el meollo están los entrañables paisanos pescadores de la isla de La Graciosa, y esos extranjeros —chonis, en el lenguaje de la zona— que alteran fugaz pero intensamente la fisonomía del enclave. Salvo Roque, el anfitrión que acoge al narrador, casi todos no pasan de ser apuntes, personajes no escrutados interiormente, escrupuloso el autor con un punto de vista limitado al narrador, pero desde luego van mucho más allá de simples estereotipos o personajes planos. Al final, el relato es global, perfectamente cohesionado: lugar, ambientes, tiempo, personajes. Quizás por eso el narrador no necesitó adueñarse de la historia, y se contentó con ser testigo, pero algo mucho más que un testigo.

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