3D98AFE7271E419E9B0316E56583003FSinopsis. El ciclista es la historia de una carrera, el Tour del Mont Aigoual, narrada por uno de sus participantes, Tim Krabbé, el gran novelista. De paso, esta novela es también un emotivo homenaje a un deporte único y a sus grandes figuras. La brillantez de la narración, que trasmite con intensidad el carácter agónico del ciclismo, y la belleza del homenaje que rinde al sufrimiento, convierten El ciclista en un verdadero hito que ha sido saludado como un libro extraordinario desde su publicación original.

El ciclista. Tim Krabbé (trad. de Marta Aguilé Bernal)

Los Libros del Lince | 4ª edición | julio 2014 | rústica con solapas | 154 pp.
ISBN: 97888493756222


Confieso que devoro con fruición los artículos deportivos de Jotdown. Que disfruté como un niño con El silencio del héroe, donde se recogen las crónicas de Gay Talese dedicadas al deporte (Alfaguara, 2013). Que una de las últimas lecturas más apasionantes en las que me he embarcado es Open, las memorias de Andre Agassi (Duomo, 2014). Por eso, cuando supe del escritor Tim Krabbé, que también fue ajedrecista, y que también hizo sus pinitos sobre la bicicleta, había recogido en El ciclista una obra considerada casi con estatus de culto entre los aficionados al pedaleo, no dudé en hacerme con un ejemplar.

La lectura no defraudó lo más mínimo. Es la crónica —intensa, detallada kilómetro a kilómetro—, de la odisea del Tour del Mont Aigoual, en la cual Krabbé participó, y que no ganó, pero que apuró hasta el máximo. Una crónica corta, directa, que atrapa la atención desde el primer momento y que lleva en volandas al lector  —o quizás sea más oportuno decir a rueda— permitiéndole sentir el esfuerzo y la dispersión anímica y mental que se sucede a lo largo del centenar y medio de kilómetros de dura prueba de montaña.

Krabbé desmenuza al detalle el sufrimiento, la planificación, los devaneos sobre la estrategia a seguir, sobre las capacidades de sus piernas, sobre los límites del ser humano en definitiva. El ritmo gana, además, con las frecuentes inserciones del autor en las cuales rememora otras carreras, otros lugares, otros ciclistas, que permiten respirar y al mismo tiempo acrecentar el interés por lo que se está narrando al detalle, ese —ya para mí— épico Tour del Mont Aigoual de 1977:

Reilhan levanta las flores al público. Gritos. Aplausos.
¿Aplaudo?
No. Si aplaudiera sería tanto como decir: «Bah, Reilhan, no era tan importante, sólo era una diversión». Le estaría diciendo: «Reilhan, sólo has ganado a una parte de mí, y el resto, lo que importa, te aplaude».
Pero Reilhan me ha vencido por completo.
El que se alegra por su ganador lo está denigrando. Ser un buen perdedor es una evasión despreciable, un insulto al espíritu deportivo. A todos los buenos perdedores se les debería prohibir participar en cualquier deporte.

 

Creo que pocas veces he podido sufrir una inmersión tan profunda y llena de matices en el deporte —el deporte de verdad— como con Krabbé. Una gozada.

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