B-yfcpfW8AAjZ4dcSinopsis. El buen vino del señor Weston, de T. F. Powys, es un clásico de la literatura inglesa. La acción transcurre a lo largo de una noche de otoño de 1923, en un pueblo recóndito de la Inglaterra rural. El señor Weston, un comerciante de vinos, llega en una antigua camioneta Ford, acompañado de Michael, su joven secretario. Misteriosamente, el tiempo se detiene y los habitantes de Folly Down descubren que el vino del señor Weston no es ni mucho menos un vino corriente. Las fuerzas del bien y del mal entran en acción sobre una docena de personajes fascinantes, vivo retrato del mundo rural de la época. Conoceremos su crueldad, estupidez y lujuria (con memorables pasajes de sexualidad aldeana), así como la mezcla de miedo y deseo con que responden a la perspectiva de la muerte. T. F. Powys emplea el imaginario bíblico para presentar en forma alegórica una visión oscura del ser humano. Escritores como T. S. Eliot y Jorge Luis Borges, el influyente crítico Frank Kermode, o el filósofo John Gray han destacado las virtudes del personalísimo y extravagante estilo de Powys, a quien el New York Times bautizó como «el Tolstói inglés».

El buen vino del señor Weston. T. F. Powys (trad. de Gaizka Ramón)

Alfabia  | febrero 2015 | rústica con solapas | 382 pp.
ISBN: 9788494367908


No conocía el nombre de T[heodore] F[rancis] Powys. Tampoco había oído hablar nunca de El buen vino del señor Weston. Pero me tropecé con él, llamado por su colorida portada —una estupenda ilustración de Natalia Zaratiegui que reclama pronto la atención—, y la sinopsis espoleó mi curiosidad. Una pequeña búsqueda extra sobre el autor y la obra —pues ya sabemos que las sinopsis no siempre son ecuánimes— terminó de convencerme. Y a bendita hora.

Quizás no es la mejor novela en cuyas páginas me he adentrado en estos últimos días, pero raya a un nivel altísimo. Tiene la virtud de que su estilo es limpio, muy aseado —mérito también de su traductor, Gaizka Ramón— y atrapa y se deja leer con agrado. Pero lo que lo hace diferente es que El vino del señor Weston es una novela muy especial, que bien degustada, por fuerza, no puede dejar indiferente a nadie. Escrita antes de la Segunda Guerra Mundial, y ambientada en una otoñal noche de noviembre de 1923, su desarrollo parece lento, minucioso, demorándose con delectación en el dibujo de una pequeña aldea rural de Inglaterra —la ficticia Folly Down—, dándonos la impresión de hallarnos en una novela de corte costumbrista, de tono oscuro, con una importante presencia de humanos mezquinos y fuertemente sexualizados que conviven con otros en quienes la inocencia aún no ha sido desterrada. A ellos se encamina el señor Weston a vender su buen vino en una furgoneta Ford. Desde muy pronto intuimos que el señor Weston es un comerciante poco común, por el inquisitivo interés que tiene en conocer el interior y la vida de sus potenciales clientes.

Hacia la mitad del libro, y una vez que el reloj se pare a las siete de la noche, comienza la magia; y todos los elementos que habían anticipado lo fantástico, como en pequeños restallidos de aire frío, empiezan a imponerse. Entonces, la novela se desata en toda su crudeza: la de un relato irreal, donde los elementos sobrenaturales se hacen cada vez más perturbadores. El señor Weston, con la venta de su buen vino entre los habitantes de Folly Down, se constituye en el eje central de un relato alegórico de carácter cristiano, con más que evidentes analogías entre sus protagonistas y varios correlatos bíblicos. Es en este punto cuando la minuciosidad con la que Powys nos ha adentrado en los corrillos de Folly Down cobran toda la presencia: la inmersión en este mundo espectral, de tiempo detenido pero de geografía física y humana, ahora ya tan bien delimitadas, se hace plena. El relato costumbrista se ha tornado una historia fantástica, fantasmagórica.

No quiero desvelar más de la trama, dejando que el lector descubra por sí mismo el verdadero carácter de esta especialísima novela —que no en vano llamó la atención de alguien tan apegado a lo fantástico como Borges—, con esta recomendación inevitable: que no engañe la primera mitad del libro, más lenta, más convencional —si pudiera decirse así—, porque lo que se está haciendo es construir una atmósfera que cobrará todo su sentido a medida que las cartas vayan desvelando su verdadero rostro. Para entonces el lector ya estará inmerso en Folly Down, tratando a sus habitantes como viejos conocidos, calentándose confortablemente al calor de la taberna del Ángel, o sintiéndose atraído ante el influjo sexual y ferino del viejo roble. Todo dispuesto para que entre una inquietante ráfaga de aire frío.


Una reseña abreviada de este libro se publicó como opinión quelibroleo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s