portada_la-isla-del-padre_fernando-marias_201502121757Sinopsis. Cuando era pequeño, su padre recorría los mares del mundo durante largos meses. Un día apareció en la puerta de la casa de Bilbao. El niño no lo conocía. «¿Quién es ese hombre?», preguntó. A mitad de camino entre la memoria y la fantasía, este libro surge a la muerte de Leonardo Marías, cuando su hijo Fernando se deja llevar por la escritura como alternativa al duelo y se adentra sin miedo en cada rincón de sí mismo y de su relación con el inalcanzable personaje que es el padre marino a los ojos del niño, del adolescente, del joven que fue y del hombre que es hoy. Padre e hijo embarcan rumbo al paisaje de la infancia y sus carencias, a la temprana fascinación por la literatura y el cine; un itinerario poblado por piratas y maleantes, por miedos y leyendas, por la presencia de un héroe misterioso que se convierte en referencia vital. En la libertad con que va desgranando ese viaje, Fernando Marías encuentra el punto de equilibrio entre la nostalgia y la realización, entre el miedo y la certidumbre. Un homenaje a la literatura y el cine en el que despliega numerosas formas de narrar.

La isla del padre. Fernando Marías

Seix Barral | marzo 2015 | rústica con solapas | 280 pp.
ISBN: 9788432224652


Hacia el comienzo de La isla del padre encontramos un fragmento con el cual se justifica la aventura que se emprende en estas páginas:

Concretar en un puñado de líneas lo que sabemos de las personas que amamos es un interesante ejercicio de escritura, pero también, y ante todo, un involuntario autorretrato. Las palabras que elijo para contar quién fue mi padre cuentan en realidad quién soy yo.

A partir de esta declaración, Fernando Marías construye un libro tan dulce como sentimental. Escrito a modo de duelo, en el tramo que media entre la muerte de su padre y el cierre definitivo de la que fue su casa familiar, las páginas de La isla del padre dibujan un emotivo retrato-autorretrato en el cual se traslucen las luces y las sombras —en un despliegue más lumínico que oscuro, afortunadamente— de una relación paterno-filial conmovedora.

La escritura de corte autobiográfica, aunque sin entrar en los terrenos puros y duros de la autobiografía, está teniendo una buen número de cultivadores últimamente. Pienso en Luis Landero, en Fernando Aramburu, en Antonio Muñoz Molina o en Javier Marías; literatura selfie, he visto que se le empieza a llamar en algún lado. Pero es el de Fernando Marías el que más hondo me ha calado. Sin caer en sentimentalismos, la búsqueda de esa forma de cercar al padre que fue, al marino que quería encontrar la isla que sería la suya, es un relato tan vigorizante como delicado. Nosotros, sus lectores, a través de los continuos saltos temporales, de una anécdota a otra —o de una sensación a otra—, devoramos las páginas implicándose uno con tanta emoción como ante alguien que se desnuda en toda su crudeza y verdad ante nosotros, al tiempo que nos contagia de su mitomanía vital —Melville, el cinematógrafo…—.

La relación con su padre, objeto central de Marías en esta obra, se aborda desde el análisis del Miedo Mutuo —tal y como lo llama—: el respeto y la distancia entre vástago y progenitor que se quieren, pero desde la distancia de una brecha que los separa. Es la crónica de un salto que ha de bordear esa mutua desconfianza, quitándole las cortapisas a ese amor filial que necesita expresarse sin trabas. La rememoración, a través del duelo, es la victoria definitiva, haciendo de La isla del padre un homenaje póstumo lúcido e íntimo. El bilbaíno monte Pagasarri, escenario de sucesivos acercamientos entre padre e hijo, se convierte en el símbolo, con su cuesta, sus recovecos, de ese camino de aproximación entre dos personas que en última instancia es la indagación personal de Fernando Marías: «las palabras que elijo para contar quién fue mi padre cuentan en realidad quién soy yo».

Me conmueve esta lectura, la evocación del padre, las divagaciones entre lo que solo se vislumbra al trasluz de una anécdota parcialmente referida. Y me conmueve esa relación que es la que se puede establecer entre dos personas que se aman. Hay momentos sublimes, de sutil emoción, como cuando el escritor le ofreció a su padre su primer libro, dedicándoselo:

Al rato oí que venía por el pasillo. Entró con el libro en la mano, pero pasó de largo, camino de la terraza, sin reparar en que me encontraba en la habitación contigua. Con lo que me pareció algo parecido a cierta ilusión infantil, oí que le decía a mi madre:
Fernando me ha dedicado el libro.
Tal vez por aquel instante todo haya merecido la pena.


Una reseña abreviada de este libro se publicó como opinión quelibroleo

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