C16FA572073E4117BA830D8FC907599CSinopsis. Ajuar funerario es un homenaje a la literatura de terror y a la micronarrativa, porque Fernando Iwasaki ha logrado concentrar en diez o doce líneas todo el escalofrío, la náusea y el desasosiego del género. ¿Es posible que los fantasmas, las pesadillas, los ritos y las supersticiones nos puedan seguir asustando en pleno siglo XXI? Si tiene hijos, insomnios o hipotecas, mejor no lea Ajuar funerario.

Ajuar funerario. Fernando Iwasaki

Páginas de Espuma | 7ª edición | 2012 | rústica con solapas | 142 pp.
ISBN: 9788483930472


Tiene Ajuar funerario, en la hoja que antecede al libro propiamente dicho, varias citas que quieren sentar el tono de lo que encontrará el lector: pertenecen a Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft y Jorge Luis Borges —No nos une el amor, sino el espanto, dice este último, por ejemplo—. Maestros indiscutibles del género de terror. Pero es a la vuelta de página cuando encontramos aquella verdaderamente aterradora: Y ahora, abra la boca, nos ordena El Dentista.

Terror, fantasmagorías, y un saludable componente de humor. He aquí los ingredientes que sazonan esa colección de brevísimos cuentos que son Ajuar funerario, un auténtico homenaje al escalofrío y a las ráfagas de aire frío que hielan los huesos. En total, un centenar de ellos, seguidos de un epílogo añadido desde la quinta edición. Podría uno pensar que, con un objeto tan dúctil al ingenio, pero poco dado a lo intricado, como son los microrrelatos, casi podríamos esperar una sucesión de ideas macabras o pequeños chistes sin mucha pretensión; pero lo cierto es que a medida que uno se va introduciendo en ellos, junto a una maravillosa capacidad de síntesis y concisión, estos mantienen la tensión, y dan lugar a una refrescante —por lo helada— atmósfera. Gran parte del mérito es debido al estilo del autor; los microrrelatos están pulidos al máximo, y no toleran una lectura atolondrada, que no se fije en cada palabra, en cada cadencia.

Observad, si no, la condensación de un microrrelato tan inquietante como este que transcribo, «Las reliquias»:

Cuando la madre Angelines murió, las campanas del convento doblaron mientras un delicado perfume se esparcía por todo el claustro desde su celda. «Son las señales de su santidad», proclamó sobrecogida la madre superiora. «Nuestro tesoro será descubierto y ahora el populacho vendrá en busca de reliquias y el arzobispo nos quitará su divino cuerpo.» Después del santo rosario nos arrodillamos junto a ella. Hasta sus huesos eran dulces.

Aunque en muchas ocasiones, y a medida que se van salvando páginas, los relatos se vuelven algo más previsibles —sospechamos que quien narra está muerto, que es un fantasma, que asesina…—, todos y cada uno de ellos son tan disfrutables como el anterior o el que le sigue, incluso con esa pérdida de cierta capacidad de sorpresa que sobreviene con la saturación.

Al final, tras una suerte de epílogo con un escrito justificativo-biográfico de Iwasaki —que sitúa los microrrelatos en el lugar ya sospechado: en la infancia, en el mundo donde los terrores se entremezclan entre la realidad y la irrealidad—, el lector cierra el libro con un deje de satisfacción en la cara y la lámpara de la mesilla de noche encendida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s