El gran misterio de BowSinopsis. Aún no ha amanecido en el distrito londinense de Bow, que descansa envuelto en una vieja conocida: la niebla. Sin embargo, no todos duermen en el número 11 de Glover Street. La señora Drabdump se afana en su cocina, malhumorada porque empieza el día con retraso ya que, por una casualidad, se ha levantado algo más tarde de lo habitual. Curiosamente, todo apunta a que, en el piso de arriba, a su nuevo inquilino le ha ocurrido lo mismo: sigue en la cama a pesar de los sucesivos intentos de su patrona por despertarle. Pero el señor Constant nunca más volverá a ponerse en pie…

Con fina comicidad, El gran misterio de Bow (1892) se inscribe en la brillante tradición de relatos detectivescos de «cuarto cerrado». El enigma lógico y el juego inductivo servirán asimismo para que Zangwill convoque para su resolución a los más variopintos tipos sociales: detectives ególatras, sindicalistas de intachable reputación, poetas vividores, filósofos charlatanes e impresionables amas de casa… Todos tendrán su papel en esta historia.

El gran misterio de Bow. Israel Zangill (trad. de Ana Lorenzo)

Ardicia | enero 2015 | rústica con solapas | 200 pp.
ISBN: 9788494291647


Los millonesSinopsis. Fiódor Ivánovich Mizhúyev, temido y envidiado millonario moscovita, parece tenerlo todo. Sin embargo, hace tiempo que ni su vida junto a la atractiva Maria Serguéyevna, ni la relación con su hermano Stepán Iványch, consiguen sustraerle de la constante sensación de ser «un hombre anhelante y solitario a la búsqueda de algo». Será durante unas apáticas vacaciones en Yalta cuando el momento de enfrentarse a sus propios demonios y encontrar una salida a su situación se presente de una vez por todas.

El protagonista de Los millones (1908), figura que, desde otro ángulo, reelaboraría pocos años más tarde Irène Némirovsky en su David Golder, persigue sin cesar y siempre en vano una felicidad incomprensiblemente esquiva para él y cuantos le rodean; un sentimiento que ni todos los lujos y placeres que permite el dinero pueden proporcionarle.

Los millones. Mijaíl Artsybáshev (trad. de Enrique Moya Carrión)

Ardicia | febrero 2015 | rústica con solapas | 169 pp.
ISBN: 9788494291623


Esta es una de esas reseñas que me encanta hacer. No tanto por las obras, que la merecen —y mucho—, sino por cuanto sirve para dejar constancia de una buena labor editorial. Ardicia, en este caso. Una editorial joven, nacida en 2013, y que anuncian como su filosofía el «deseo ardiente de publicar, por primera vez en español y en cuidadas traducciones, obras fundamentales en sus literaturas de origen; de rescatar, para su reedición, títulos imprescindibles que no encontraron en su momento la merecida atención». Por el momento, lo han hecho maravillosamente: no conocía a Israel Zangwill; tampoco a Mijaíl Artsybáshev. Pero la experiencia de leerlos no ha podido ser más cautivadora ni más gratificante.

El gran misterio de BowLos millones son dos obras muy diferentes entre sí, tanto en planteamientos como en ejecución. Comparten, eso sí, un tamaño accesible, un diseño editorial coherente y cuidado que los enfila en la misma línea al tiempo que les otorga una personalidad única y diferenciada. Y también comparten lo fundamental: que son dos rescates que, visto lo visto, han merecido mucho la pena. Muy mucho. ¿He dicho ya que estoy muy contento con la labor selectiva de Ardicia? Quizás me columpie, pues son estos dos libros los únicos que he escudriñado de la editorial, pero desde luego auguran las mejores expectativas.

Entrando en materia, y comenzando por El gran misterio de Bow, hay un tipo de lector que tendría que tener esta novela entre sus lecturas ineludibles: el aficionado a la literatura policíaca. Más aún el que encuentre el atractivo del problema del cuarto cerrado, aquel que explora la solución al complejo puzzle que es el asesinato producido en una habitación atrancada por dentro, donde el asesino no podría, en un principio haberse introducido materialmente. Hay que destacar que El gran misterio de Bow es, además, y junto con Poe y Gaston Leroux, uno de los más tempranos cultivadores de este tipo de enigma.

Pero se le haría poca justicia a Zangwill si nos limitáramos a encuadrar su interés en lo puramente policíaco y en el desmadejamiento del problema planteado, que se lleva a cabo a través del más riguroso método inductivo, a pesar de la más que evidente eficacia e inteligencia de su resolución. Es un relato que tiene mimbres de otorgar una o varias tardes de deliciosa lectura a casi cualquier tipo de lector en todos los órdenes, y no solo al aprendiz de detective. Su prosa es pulcra, muy agradable de leer, y junto a la trama detectivesca se agolpan un buen número de argumentos a su favor: el dibujo de una atrayente galería de personajes londinenses —los detectives, el sindicalista, el obrero…— bien trazados, el recurso constante de agradables píldoras de humor, y una trama y ritmo que mantienen inmerso al lector, no solo por lo policíaco, sino también por los hilos secundarios; como pueden ser la competición entre los dos detectives que se aproximan al caso, uno en funciones y el otro jubilado, o las desventuras del poeta sin chelines que tiene en las mujeres su debilidad. Etcétera.

Dos libros de Ardicia

Si la anterior obrita me deparó unos buenos ratos de gozosa lectura, con Los millones entré en ese territorio que hacen saltar de regusto estético mis vísceras: el de la conciencia de descubrirme ante un gran hallazgo literario. Pues no son tantas las nouvelles, tan redondas como esta de Artsybáshev, que puedan disfrutarse en una —intensa— sesión y dejen ese regusto que obliga a paladear de nuevo, con la imaginación, las páginas que han terminado de cerrarse.

Los millones es la historia de Mizhúyev, un potentado ruso que se encuentra de vacaciones en Yalta, entre jardines, fiestas, el mar, algunos amigos y una hermosa novia, Maria Serguéyevna. Pero Mizhúyev, que lo tiene todo, no es feliz, y el hastío ocupa la totalidad de su vida: sospecha que todos para, con él, supeditan su trato —y con él su amor o su estima— a su condición de millonario. Esto incluye a su bellísima amante, amante que había arrebatado a un antiguo amigo. ¿La logró, por los millones, cuando su anterior marido era —así lo siente el millonario— mejor que él, pero sin el dinero? Tal sospecha, que se le clava en el ánimo sombrío, le impide disfrutar de todo y aguijonea su autoestima: ¿quitando el oro, cuál es su auténtica valía? El trato despectivo de algún escritor —pues ellos sí han logrado su renombre en tanto a su quehacer— empeora la situación. Es el momento de replantearse todo, y es lo que Los millones nos ofrece: el hondo retrato de esta personalidad humana, mísera en su opulencia.

No es solo la compleja y meritoria fisiología que traza para con su personaje principal —y la de aquellos que le rodean—, lo que subyuga sin ambages en esta obra. Artsybáshev tiene un estilo profundamente literario, que me recuerda a Tolstói —y con esto estoy lanzando un grandísimo elogio—, donde cada elemento narrativo, cada descripción, cada personaje, tienen una función coherente y redonda. Tiene Artsybáshev, además, una fina y fatal crueldad que, para el lector de refinados gustos, se hace mordazmente deliciosa. Cuando indagué sobre el autor, descubrí que estaba asignado al movimiento naturalista ruso. Según avanzaba en la trama, me sorprendía tal adscripción, pues lo relacionaba más con el realismo, al estilo de Tolstói —¡Tolstói, otra vez Tolstói!—, pero Los millones depara algunos chascos que soliviantan al lector según se aproxima al final: ese determinismo tan grato al naturalismo, que se impone a cualquier simpatía personal, pero sobre todo esa crueldad que he mencionado, que se relaciona con el acercamiento del narrador al protagonista. Y es que cuando un escritor cultiva la empatía del lector para con una de sus criaturas, en última instancia lo somete y lo deja a su merced.

Reitero, en definitiva, mis más sinceras felicitaciones a Ardicia. Hay algún tirón de orejas, que lanzo desde mi obsesiva fijación en el libro como objeto físico: en Los millones hay páginas, especialmente en el decimocuarto capítulo, en las cuales el kerning —o interletraje— se ha desajustado entre varios de los párrafos. Pero es un defecto menor y que para la inmensa mayoría de lectores pasará desapercibido. Lo compensa, además, el buen tino mostrado para escoger las portadas —magníficas cubiertas de Dadu Shin y Alice Potter— los tipos y demás elementos. Y, sobre todo, la felicidad de tener un nuevo editor, Ardicia, al cual —al menos hasta que me falle alguna vez— puedo seguir con el convencimiento de que van traer al mapa auténticas joyitas que degustar en el sillón de lectura. Hace poco ha salido, de ellos, La virtud de Cecchina, de Matilde Serao, que no conozco: pronto me haré con ella. Es lo que tiene confiar en una labor editorial.


Estas reseñas de El gran misterio de Bow y Los millones se publicaron abreviadas como opinión quelibroleo

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