PN767_GSinopsis. El excelente escritor británico no se consideraba un amante de los perros cuando, ya en plena madurez, acabó siendo propietario de un pastor alemán. Él fue el primer sorprendido cuando se convirtió en el amor de su vida, el «amigo ideal» que había buscado en vano durante mucho tiempo. Mi perra Tulip es la agridulce historia retrospectiva de una amistad de dieciséis años. Con detalles vívidos y a veces asombrosos, Ackerley describe la imprevisible conducta de Tulip y sus muy caninos gustos, mientras explica sus torpes pero decididos esfuerzos para hacerla completamente feliz.

Mi perra Tulip. J. R. Ackerley (trad. de Adriana Astutti, intr. de Elizabeth Marshall Thomas)

Anagrama | enero 2011 | rústica con solapas | 192 pp. ISBN: 9788433975515


Cuando leía Mi perra Tulip, coincidió la visita de una prima mía. Sabiendo que por norma general voy devorando libros, me preguntó:

—¿Qué estás leyendo ahora?

Mi perra Tulip, de Ackerley.

Se quedó pensando un poco. No le sonaba de nada, ni el título, ni el autor.

—¿Y de qué va?

Entonces, fui yo el que me quedé pensativo un par de segundos.

—De un editor que tiene una perra —fue la mejor respuesta que se me ocurrió, si quería ser tan descriptivo como conciso.

Y es que, verdaderamente, «de un editor que tiene una perra» es la mejor síntesis posible que puede hacerse de esta deliciosa historia —o crónica, o memorias, o canto de amor— que pergeñó J[oseph] R[andolph] Ackerley. Podría rizar el rizo y sintetizarla aún más en «de un hombre y su perra», habida cuenta de la nula incidencia de la actividad profesional como editor de Ackerley en las páginas de mi perra Tulip, que ceden su absoluto protagonismo a la perra alsaciana del autor.

Es cierto que si hablo de esos libros que van «de un loco que se cree caballero andante», o «de un príncipe danés que se vuelve loco» todos reconocen a las criaturas de Cervantes o de Shakespeare, pero no dejan de ser síntesis casi paródicas en su reducción. La obra de Ackerley es maravillosa en su simplicidad: en la de la tierna relación que se establece entre un hombre y su perra. Nada más hay en Mi perra Tulip, y nada más se necesita. Se basta.

Ackerley nos introduce en el día a día de su convivencia con Tulip:

Mi perra es una hembra alsaciana. Su nombre es Tulip. Los alsacianos tienen mala fama; se dice que muerden la mano que les da de comer. Es cierto que Tulip me mordió la mano en una ocasión, pero fue un accidente; la confundió con una manzana podrida que los dos tratábamos de agarrar al mismo tiempo.

Lo hace de manera sencilla, sin aspavientos, sin necesidad de introducir florituras en la prosa o un exceso de sentimentalidad artificiosa. Ackerley se contenta con narrar pequeños episodios, las sucesivas visitas al veterinario, las salidas y paseos —con esa morosa descripción de los problemas aparejados a las necesidades fisiológicas de Tulip, las micciones y las deposiciones en las calles, aceras y alcantarillas—, o la insalvable distancia que se erige como barrera entre las personalidades caninas y humanas, que necesitan, pese a todo, de una eficaz comunicación, y que Ackerley trata de sortear en la medida de sus posibilidades.

No idealiza a Tulip. No oculta que era una perra de trato difícil, que cerró a su dueño muchas puertas, pues no fueron pocos los amigos que, después de la experiencia de una visita de Ackerley con su perra —se negaba a salir sin ella—, olvidaban volver a invitarle. Tulip era ruidosa, dominante, rebelde, muy desconfiada con los extraños, y sentía un apego casi enfermizo a su dueño y compañero. Pero la forma en la que Ackerley describe a Tulip, sobre todo en ese sentido esfuerzo por entenderla, por comprender todas la motivaciones que pudieran estar detrás de cada uno de sus comportamientos, por complacerla en todo lo que estuviera en su mano, nos transmite el increíble amor que se establece entre ese editor y su perro.

Y ahí estriba la grandeza de Mi perro Tulip. Es un canto de amor que no se otorga a sí mismo más importancia que la que verdaderamente merece: la de ser un sencillo canto de amor.

Los episodios relacionados al celo de la perra, complejos en su manejo para su dueño, ocupan la mayor parte de las páginas del libro. Tiene su sentido: los sentimientos de Tulip se exacerban en esas semanas en las que pide biológicamente ser montada, de modo que en esos días de intenso ardor canino se correspondían con aquellos en los que su dueño tenía puestos los cinco sentidos en ella; bien por necesidad, bien por pura compasión y necesidad de ofrecerle su mejor compañía y satisfacción de sus necesidades. A algunos lectores estas páginas podrán parecerle demasiado explícitas, sucias. Se describen, con toda la naturalidad que el celo requiere, la hinchazón de la vulva, el apareamiento —casar a la perra, como lo menciona Ackerley—, las ayudas externas lubricando con vaselina la vagina, la sangre… Se trata de la misma prosa fluida y directa, nada artificiosa, que se despliega a lo largo del libro, pero que mantiene esas pequeñas inserciones que demuestran el intenso amor y cariño del autor por la criatura a su cargo; como cuando describe la sangre menstrual que cae de Tulip en el autobús, y que se afana en ocultar de la vista del conductor, de modo que no le niegue el subir al animal en el vehículo: la sangre se compara con pequeños rubíes:

Así que estamos agradecidos —y pendientes— de nuestro actual conductor y no queremos poner a prueba su paciencia al punto de dejar que vea los pequeños rubíes que se deslizan al azar de uno a otro largo mechón blanco bajo la cola arqueada de Tulip.

Queda la intensidad, por tanto, reducida a los confines de la escudriñadora naturaleza de Ackerley, su ansia de saber, de comprender a la perra, con el único afán de ofrecerle el mayor cuidado posible, de contentar en todo posible sus necesidades. No hay espacios para la sensiblería. Aunque sí aparece la enfermedad, no se detiene en el recurso fácil de narrar el final de esta entrañable relación, que es inevitable ante la corta vida de los perros. Solo ha querido mostrarnos su aventura a dúo, el conmovedor relato de una historia de amor. De un editor y su perra.

Cualesquiera que fueran los disparates que yo llegara a cometer en el manejo de la vida de este animal, Tulip se las arregló para alcanzar la magnífica edad de dieciséis años y medio.

Así se cierra el libro. Cuando ya nos hemos enamorado —¡también nosotros!— de una perra arisca, difícil. Y, en contrapartida, nos hemos adentrado en los resortes vitales de un solterón maduro, que nunca ocultó su condición homosexual en unos tiempos no tan fáciles —ninguna alusión hay a ello estrictamente en Mi perra Tulip, pero la caracterización interna queda—, una personalidad apaciguada, sensible. Un canto de amor a Tulip, depositaria, frente a lo hostil que sobrepasa el reducido mundo privado de Ackerley, de todos los resortes emocionales de su dueño. Y una exploración modélica de lo que es el amor sujeto a barreras fisiológicas, que pide un esfuerzo de comprensión casi abocado al fracaso. Me pregunto si hablaba solo de su perra.

2 Comentarios

    1. ¡Hola Carmen! Si vas tan enfilada, espero entonces que te guste y que mi recomendación vaya a buen puerto. No es un libro estrictamente animalista, pero quien tiene un perro y ha convivido con ellos sabe apreciarlo. En cualquier caso, por la limpieza de su prosa, como mínimo estoy seguro de que resultará entretenido. ¡Feliz lectura!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s