Julio bien dibujado BSinopsis. Reunión describe las duras jornadas que siguieron al desembarco del Granma en las costas de Cuba, cuando Ernesto Guevara se forja como combatiente de la revolución. A través de una vívida narración en primera persona, la voz del Ché evoca los días agotadores entre los manglares, las adversidades que debió enfrentar junto a sus compañeros de armas y su bautismo de fuego en la batalla de Alegría del Pío. La intensidad de Reunión, su épica construida a base de emociones, es una muestra del incomparable talento de Julio Cortázar, que supo retratar toda la profundidad humana de una de las figuras más admiradas del siglo xx. Las ilustraciones de Enrique Breccia recrean los momentos más sobresalientes de esta crónica.

Reunión. Julio Cortázar (ilustr. de Enrique Breccia)

Libros del Zorro Rojo | abril 2012 | rústica con solapas | 40 pp.
ISBN: 9788496509733


Julio bien dibujado ASinopsis. El perseguidor es uno de los mayores logros literarios de Julio Cortázar y un clásico de la literatura del siglo XX. Con un trasfondo existencial magistralmente tratado, la historia describe los últimos días de Johnny Carter, virtuoso saxofonista cuya vida discurre al filo de la lucidez y la destrucción. Desde su publicación en 1959, este homenaje de Cortázar al genial Charlie Parker ha conocido el fervor de numerosos lectores, que lo han considerado, como Rayuela, una experiencia iniciática. El dibujante José Muñoz ha sabido interpretar con inmenso talento la profundidad de esta ficción donde el jazz, las noches insomnes y el París de los ’50 son el marco de una historia incomparable.

El perseguidor. Julio Cortázar (ilustr. de José Muñoz)

Libros del Zorro Rojo | marzo 2014 | rústica con solapas | 96 pp.


Aunque las ediciones que aquí manejo, una de 2012 —Reunión— y otra de 2014 —El perseguidor—, están realizadas con un esmero sin mácula, he de advertir que hay dos ediciones previas —de 2007 y 2009— en un formato mayor, con tipografías más amplias, que es donde se admira en su plenitud estos maravillosos libros —por el contenido y por el continente— de Cortázar. Es precisamente la edición de 2009 de El perseguidor la que le regalé, hace tiempo, a un amigo: un regalo de esos que se ofrecen con un oculto reproche, el de no regalárselo a uno mismo. Pero la vida, tan pródiga en ocasiones, me ha permitido desquitarme con creces. Con un formato más pequeño, más bolsillero, pero que lejos aún los años en que la edad no perdone y me pida tipografías amplias, de viejo, mantiene intacta la belleza de la edición precedente. Julio bien dibujado es más Cortázar, digo. Resplandeciente Cortázar, magnífico Julio.

Raro será —¿raro? ¡rarísimo!— que alguien que se asome a estas páginas no conozca al gran escritor argentino. Algunos con cierta desconfianza, otros con un exceso de euforia contraproducente —no son pocos los lectores, algo mediocres en realidad, imposibles cronopios, que tienen a Rayuela en un altar (muchos, también y justo es reconocerlo, grandes lectores)—, pero le concederán casi todos el justo lugar en la cumbre de las letras hispánicas, junto a los esos nombres de gran calado que conforman el canon de las letras cervantinas.

Yo soy de los que mamaron a Cortázar desde pequeñito. En ediciones de escaso cuidado, que aprovechan el tirón del autor para recopilar sus cuentos, en ediciones académicamente impecables como las de Cátedra y en ediciones que, en compañía de ilustraciones de altura —como la colaboración que mantuvieron los dos Julios, Cortázar y Silva, uno a la letra y otro al dibujo— hacían gran justicia a la prosa imaginativa y juguetona del argentino. O en solidarios recovecos del internet, donde leí por primera vez El perseguidor. Con el tiempo, más exigente y selectivo a la hora de alimentar mi bibliofilia, son las ediciones como estas que aquí presento las que me hacen vibrar.

Con autores como Cortázar, del que nunca se dirá lo suficiente, o editoras como Los Libros del Zorro Rojo, cuya labor está más que reconocida —en este mismo año de 2015 se han hecho con el prestigioso galardón a la mejor editorial europea de literatura infantil y juvenil, en el marco de la feria del libro de Bolonia—, ¿qué puede salir mal?

Nada, che.

Pero entrando en materia, ¿qué nos ofrecen ReuniónEl perseguidor? Dos relatos magistrales, a pesar de su corta extensión. Reunión es uno de los cuentos recogidos en Todos los fuegos el fuego (1966), mientras El perseguidor alimentó Las armas secretas (1959). Mantienen algunos puntos en común, achacables a las particularidades de la prosa y el mundo propios de Cortázar, pero discurren por temáticas a priori distantes: el acongojante restallar de las balas en Reunión, el atribulado grito jazzístico en El perseguidor.

Reunión tiene su asidero en el desembarco, en 1956, de un pequeño contingente de tropas revolucionarias en la Cuba de Batista, relatando el desastroso combate de Alegría de Pío, que maltrató al escaso y poco preparado grupo de opositores al régimen. Los personajes tienen su correlato en este evento histórico: nada menos que el Che Guevara, aunque no se explicite su nombre —sí su apodo—, es el protagonista y narrador de este relato, y entre personajes como Luis, Pablo o Roberto se esconden Fidel y Raúl Castro y Juan Almeida. Pero aunque estas correspondencias dotan de un interés adicional al relato —Cortázar se basó en los Pasajes de la guerra revolucionaria del Che Guevara—, es este mucho más aprovechable por lo literario que por lo circunstancial, como es de esperar.

La prosa de Cortázar aquí es atropellada, difusa, apelotonada, relampagueante. El desembarco —la jornada de batracio, como la denomina— y el posterior avance por los manglares, a través del acoso de las tropas regulares que les atosigan y merman, se corresponden con los vaivenes emocionales y los sobresaltos que manifiestan el habla y los pensamientos del protagonista. Rapidez, coloquialismo, confusiones en la dispersión fragmentada de los episodios narrados… la inmersión en el penoso avanzar de los guerrilleros es tan plena en lo narrado como en su forma. Hay un objetivo en mente: la reunión con Luis, con el jefe, separado de ellos en el fragor del caos. Es este objetivo el que alimenta y espolea al protagonista y sus acompañantes. La unión con quien encarna su ideal, con el otro.

Esta búsqueda, que se desarrolla desde lo bajo —lo cenagoso— a la cumbre —lo serrano—, es el eje tan físico como simbólico en el cual se desenvuelve Reunión. A pesar de esta prosa atropellada, coloquial, dispersa —ya se ha dicho—, Cortázar va trazando la magia del relato:

Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de kilómetros, en un país donde todavía se duerme en la cama, y su imagen me parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas del árbol, y en cambio me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha acompañado desde siempre, el movimiento inicial del cuarteto La caza, la evocación del halalí en la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y siento al mismo tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra el cielo se van acercando, traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que el dibujo se ordena de pronto en la presencia visible de la melodía, un ritmo que sale de una rama baja, casi a la altura de mi cabeza, remonta hasta cierta altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el segundo violín es esa rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un punto situado a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo descienda por el tronco y pueda, si quiere, repetir la melodía. Y todo eso es también nuestra rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol no puedan saberlo, también nosotros a nuestra manera hemos querido trasponer una torpe guerra a un orden que le dé sentido, la justifique y en último término la lleve a tina victoria que sea como la restitución de una melodía después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final que sucede al adagio como un encuentro con la luz.

Podría leerse Reunión como un relato de aventuras, y entretendría. Pero sería dejar atrás la riqueza del generoso mundo lingüístico y simbólico de Cortázar, de su pericia para trazar un viaje tan visceral como psíquico, de traernos la música a las letras y lo narrado. La música, precisamente, que tanta presencia tiene en el otro relato —aunque por su extensión también podría considerarse nouvelle— que aquí se ofrece. Un relato que de no existir La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata, tendría muchas papeletas para ser mi narración breve predilecta.

Si el Che puebla las páginas de ReuniónEl perseguidor es Charlie Parker. Aunque también aquí se trastocan los nombres, y habría que apuntar que Johnny Carter es Charlie Parker, el gran jazzista de bebop, y el resto de personajes, casi todos, tienen sus correlatos en la biografía del músico —Len es Chan, la marquesa Tica es la baronesa Pannonica de Koenigswarter, Art Boucaya es Art Blakey…—. Dudo, al momento de escribir estas líneas, si esta referencialidad dota de mayor interés a El perseguidor de lo que lo hizo en Reunión, pero no voy a tomar partido: la revolución cubana me suscita no demasiado interés, mientras que el mundo y los submundos del jazz me fascinan, por lo que no podría ser cabalmente objetivo. El perseguidor, en cualquier caso, se disfruta enormemente con o sin acceso a esa contextualización. Así que justo es centrarnos en el meollo.

El narrador es Bruno. Como el Che respecto a Luis, mantiene una mirada lindante a la idolatría respecto a Johnny Carter, el «perseguidor» del título, pero de manera más marcada. Bruno es su crítico musical y amigo. Es, por tanto, un personaje que profesionalmente está implicado en mantener la mirada sobre Johnny Carter y desentrañarle. Una figura que tiene un interés y atracción innegables: es de esos genios tocados por la varita, pero sumergidos en una senda autodestructiva que de por sí noveliza su vida y sus circunstancias. De carácter enfermizo, adicto a la droga, incapaz de mantener una responsabilidad en los aspectos cotidianos, se halla inserto en ese espacio marginal que se desarrolla entre cabarets, pubs, el whisky, las notas musicales heterodoxas y el humo de los cigarrillos y la marihuana. Llega tarde a las sesiones, pierde su saxo, necesita del apoyo económico de la gente fascinada por su música, y sufre crisis imprevisibles. Pero, de cuando en cuando, tiene esos arrebatos de inspiración a través de los cuales alcanza lugares que aún no han sido hollados. Tiene una frase que le caracteriza, una frase maravillosa, que repite como un mantra y que le define a la perfección:

Esto lo estoy tocando mañana.

Es su bendición y su condena. Perseguidor incansable, trata de expresarse como su música. Su música es tiempo, y fluye a una velocidad distinta a la del resto de los mortales. Pero ese genio, que admira a los demás, no es lo que basta, sino que es el reflejo de una insatisfacción personal, de un fracaso vital difícilmente comprensible por todos aquellos que discurren a una frecuencia distinta a la suya. Es, paradójicamente, el perdedor que lo es porque ha sobrepasado al resto, y aun así no llega. Es imposible de colmar. Y de entender. Oh, make me a mask, hazme, dótame, otórgame una máscara, son los versos de Dylan Thomas que musita como últimas palabras.

Pero a pesar de este embriagador y sugerente perfil psicológico que se traza en las páginas de El perseguidor, la genialidad del relato se completa con el otro pilar que sustenta la historia: su narrador, Bruno, su crítico, el ojo que con más atención se fija en él, su amigo. Aunque habría que matizar esa amistad. Bruno se sumerge en su mundo, asiste a las sesiones, bebe con él en la noche parisina, se aprovecha de Baby Lennox, la artista adolescente que sigue a Johnny Carter… pero vive en su tiempo, el real, el que es incapaz de alcanzar el vertiginoso ritmo del saxo del músico. Y vive cómodamente, con su mujer, con el prestigio como crítico que, en gran parte, debe a su objeto de estudio; el mismo que, en uno de los pasajes más memorables de El perseguidor, le reprocha que no le entiende, que no ha sido capaz de describirlo en su verdad. ¿Cual es la mirada que nos quiere transmitir? ¿La del crítico aséptico, la de su libro, o una más cercana, más cierta, que serían las páginas de este relato? La doble naturaleza en la observación de Bruno, en definitiva, es uno de los grandes aciertos de este relato.

Volviendo la mirada a ambos libros, en lo físico, aunque ya he mencionado que la edición es primorosa, quiero justificarlo. Las ilustraciones se adaptan a la perfección a cada historia y amplifican la resonancia de su lectura—obvio la calidad del papel, o la elección y disposición de los elementos tipográficos… que también podría alabar, incluyendo su contenido precio—. Los dibujos de Enrique Breccia para Reunión están enmadejados, revueltos, pero sin perder un ápice de realismo, como la escritura atropellada de Cortázar. Y los de José Muñoz para El perseguidor, con esos blancos y negros tan contrastados, de figuras algo distorsionadas en favor del expresionismo, ambientan acertadamente el claroscuro de carteles, humo y medias luces de los enclaves jazzísticos. Y a ello se suman los colores que predominan: el verde selvático de Reunión, el violeta de los carteles de neón de la noche parisina para El perseguidor. Dos elecciones atinadas, en definitiva. Pues Julio, bien dibujado —y editado—, es más Cortázar.

Y, concluyendo, un par de consejos para el lector de El perseguidor: quien se haya visto sujeto a la fascinación que ejerce una figura como la de Johnny Carter, la de Charlie Parker, puede también acudir a la magnífica película que sobre él hizo Clint Eastwood, Bird; y, desde luego, escucharle en la grabación de Lover Man, la misma que aquí, en las páginas cortazarianas, se recrea con el título de Amorous.

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