Campo de retamas - Sánchez FerlosioSinopsisEl diccionario de María Moliner define «pecio» como «resto de una nave naufragada o de lo que iba en ella». Al llamar así a sus apuntes breves, Rafael Sánchez Ferlosio parece sugerir que, lejos de aspirar a la «sentenciosa lapidariedad» de los aforismos, estos textos testimonian más bien los naufragios de una voluntad que —por inconstancia, pereza, impotencia, o simplemente por una recalcitrante desconfianza hacia «la estúpida arrogancia del convencimiento»— ha desistido del esfuerzo superior de perseguir un razonamiento hasta sus últimas consecuencias, conformándose con su sola silueta, su simple amago o fragmento. Los pecios no obedecen a una fórmula homogénea: mezclan reflexiones, esbozos ensayísticos, recuerdos, comentarios, epigramas, donaires, apólogos, poemas… Ingrávidos por naturaleza, permiten adentrarse sin dificultad en las principales obsesiones de Ferlosio, desplegándose en una panoplia de registros que va del humor al lirismo, de la indignación a la ironía, de lo concluyente a lo especulativo.

Campo de retamas. Rafael Sánchez Ferlosio

Literatura Random House | abril 2015 | cartoné | 224 pp.
ISBN: 9788439730156


Conocí a Rafael Sánchez Ferlosio a finales del verano de 2008, en los Canchos de Ramiro, un precioso enclave natural en Cachorrilla (Cáceres). A este lugar, una desembocadura de río y afluente donde se yerguen dos picos gemelos, el propio Ferlosio alude en un poema que fija su mirada en las constantes bandadas de buitres que se refugian en sus peñascos, «1811 o Los Canchos de Ramiro»: […] Cruda y desnuda memoria / despliega sobre los campos / el silencio de sus alas, / como un manto. Aquel día hacia calor, y apenas el verde de retamas, jaras y madroñeras aguantaban el empuje del amarillo. Camiseta y pantalones piratas, calzado liviano; así iba yo. Traje y corbata —¡para caminar un poco por el campo!—; así iba Sánchez Ferlosio. La primera impresión, más allá del respeto que le tenía por ser lo que es, un grande de las letras, fue la que fue: un excéntrico. Quizás es que haga falta ser un excéntrico para poseer una de las cabezas más lúcidas que se pueden encontrar actualmente en España.

El bloguero y reseñista con un arisco Sánchez Ferlosio, sentados a las privilegiadas vistas de los Canchos de Ramiro
El bloguero y reseñista con un arisco Sánchez Ferlosio, sentados a las privilegiadas vistas de los Canchos de Ramiro

El encuentro se propició gracias a unos grandes amigos de Rafael Sánchez Ferlosio, naturales de Coria, lejanos familiares míos. La actitud del escritor fue reticente, como quien tiene que lidiar con un completo desconocido al cual adosan sin reparo. La timidez me pudo al principio, consciente como era de encontrarme ante alguien grande, donde se impone el excesivo respeto. Solo hacia el final, de vuelta al pueblo, en la terraza, junto a unas cervecitas, Sánchez Ferlosio suavizó el trato —me gusta pensar que cuando aludí a su discurso en la entrega del premio Cervantes, con unos comentarios, quiero creer, atinados—, pero el encuentro terminó en eso, en una contemplación lindante con la idolatría por mi parte. Lo admiraba entonces, y lo admiro más ahora. Solo le he vuelto a encontrar un par de veces más en Coria, su otra patria, en encuentros casuales en los cuales —ya sí— me regaló alguna sonrisa.

He de advertir, de todos modos, que no rememoro aquel encuentro por gratuita jactancia —mi trató con él no pasó del puramente circunstancial—, sino por un arrebato de infantilidad: soy como el niño que, antes de proclamar que Zidane —o Ronaldinho, o Messi— es el mejor futbolista del mundo, enseña orgulloso, entre ilusionado y excitado, la foto que se hizo con él, cuando le pilló camino de los vestuarios, o a la salida del hotel. Aunque en mi caso utilicé el encuentro para hacerme una idea de su personalidad, de su conversación, de sus formas de proceder, para hacerme la idea más cabal posible del hombre que se encuentra detrás de esas páginas que se han devorado con completo deleite.

Pero hemos venido a hablar de su libro. De Campo de retamas. También podría hacerlo de Las semanas del jardí(1974), la obra ensayística que entre las suyas tengo como favorita, o del delicioso rato de lectura que es abonarse a Alfanhuí (1951), pero lo hago de Campo de retamas por ceñirme, cuando puedo, a novedades editoriales. Y porque la aparición de un nuevo libro de Sánchez Ferlosio es siempre un acontecimiento literario de primer orden. «El más grande escritor vivo en lengua castellana», proclama la faja que adorna al volumen. Aunque alguno lo discuta —¡siempre estos juicios valorativos son tan subjetivos!—, la realidad es que en estos momentos probablemente solo en el caso de Ferlosio pueda realizarse tal sobrada sin que parezca algo gratuito.

En esta ocasión, lo de «nuevo» es matizable: solo la primera de las cuatro secciones que presenta el libro —y un epílogo— se encontraba aún inédito, mientras que las otras tres beben de publicaciones anteriores en libro y en prensa. Pero sí lo es en el formato escogido, el de los pecios, el texto breve, aforístico en ocasiones.

Sorprende esta colección de pequeñas perlas en un autor tan dado a la hipotaxis como este —hipotaxis ferlosiana, se le conoce ya—. Un autor que basa su prosa en el cercado absoluto de un argumento a base de oraciones subordinadas y más subordinadas, pero que como un púgil que cierra todo avance de su contrario, va perfilando y definiendo en su exactitud lo que quiere transmitir. Una prosa fantástica, producto de un verdadero grande de las letras, pero que en muchas ocasiones ha provocado que Sánchez Ferlosio sea uno de esos autores más comprados que leídos, con la función de dar fuste a las estanterías de la casa. Campo de retamas es quizás el libro que pueda redimir al Ferlosio ensayista en este sentido.

Los que ya le apreciábamos encontramos aquí, en pequeñas y muy gratas píldoras, sus temas recurrentes —la guerra, la cohesión social, el sustrato cultural e ideológico presente en las palabras, el deporte y la sociedad de consumo y ocio…—, aderezados en muchas ocasiones de humor y de juego. Y los que nunca se atrevieron a leerle en serio, tienen ahora una ocasión inmejorable para degustarlo a pequeños sorbos.

Me confieso ahora, de todos modos, consumidor apasionado de sus pecios. Es cierto que Ferlosio es muy aprovechable en sus sesudos devaneos en torno a un tema de pensamiento central, y que el esfuerzo por seguirle siempre tiene su premio en un más que grato viaje a caballo entre la razón y la iluminación crítica. Pero a pequeñas dosis —cuando en alguien de su talento significa no ser menos exacto que en páginas y páginas que agotan la casuística— se le disfruta como en una rápida sucesión de flashes y martillazos a través de los cuales nos van calando sus ideas. Y es el gran hallazgo de este formato, pues Ferlosio es un escritor de ideas, no de ideologías, una mente inquieta que se cuestiona el más nimio detalle, venga de la excesivamente prestigiada normalidad que promulga la sociedad, venga de la sencilla observación de que sea con un murmullo, escrito como «mmm», como toma forma física el pensamiento:

Tener ideologías no es tener ideas. Éstas no son como las cerezas, sino que vienen sueltas, hasta el punto que una misma persona puede juntar varias que se hallan en conflicto unas con otras. Las ideologías son, en cambio, como paquetes de ideas preestablecidos, conjuntos de tics fisionómicamente coherentes, como rasgos clasificatorios que se copertenecen en una taxonomía o tipología personal socialmente congelada. Sólo hay unos cuantos tipos de persona, y cada cual desea ser reconocido por aquellos a quienes pertenece. Ésta es la única función de las ideologías; y las ideas, encerradas en paquetes tales, se ven supeditadas a ese único y tristísimo papel.

Este señor, excéntrico, raro, de una timidez algo patológica que me demostró que viraba sin excesiva coherencia de lo arisco a la amabilidad, es la mente más lúcida que he conocido. Y en gran parte —por no decir en todo— se lo debe a su independencia, a esa loable capacidad por preguntarse, por quitarse de encima las cortapisas de lo socialmente establecido. Merece la pena Campo de retamas: no sé si Ferlosio será «el más grande escritor vivo en lengua castellana», pero sí es quizás el único que pudiera aspirar a tal trono. Aunque a él mismo, probablemente, le haya desagradado tal aserto, y no una, sino varias veces nos advierta en Campo de retamas que no le tomemos mucho en serio.

El bloguero y reseñista con Sánchez Ferlosio, tomando una más que merecida cerveza en Cachorrilla después del paseo por los Canchos de Ramiro
El bloguero y reseñista con Sánchez Ferlosio, tomando una más que merecida cerveza en Cachorrilla después del paseo por los Canchos de Ramiro

Una reseña abreviada de este libro se publicó como opinión quelibroleo

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