La virtud de Checchina - Matilde SeraoSinopsis. Checchina, esposa de un grosero médico romano, ve transcurrir sus días en la discreta monotonía de una apacible vida burguesa, ajena a cualquier preocupación que no sea el mantenimiento de la casa y lidiar con su incapacidad para imponerse a su criada, la beata Susanna, y a las confidencias amorosas de su amiga Isolina. Pero su aletargada feminidad irá despertando al descubrir el encanto de lo mundano a raíz de un encuentro casual con el seductor marqués d’Aragona.

En La virtud de Checchina (1883), Matilde Serao consigue que la bondad innata de su protagonista, con todos los reparos y vacilaciones que condicionan continuamente sus acciones, establezca una inmediata empatía con el lector, que no puede más que dejar escapar una sonrisa y conspirar con esta peculiar Emma Bovary italiana en la siempre postergada realización de sus deseos.

La virtud de Checchina. Matilde Serao (trad. de Pepa Linares, posfacio de Natalia Ginzburg)

Ardicia | marzo 2015 | rústica con solapas | 92 pp. ISBN: 9788494291661


Hubo un tiempo en el cual los escritores, después de siglos cantando y loando a Dios o los grandes homes, según la época virara hacia el teocentrismo o hacia el antropocentrismo, decidieron que era tiempo ya de contar las gestas y las miserias de los urbanitas, del hombre de ciudad, del respetable miembro de número del Casino y de la más humilde ramera. Realismo, lo llamaron. Y a tal efecto llenaron páginas y páginas. Se leía con fruición —el que sabía leer, al menos—, y además de forma periódica, pues fueron las publicaciones seriadas las que dieron el verdadero impulso a la producción literario-mercantil que tenía que satisfacer las ansias del burgués con ínfulas de letrado. Entre otras cosas, surgieron las grandes novelas por fascículos, llenos de cliffhangers que mantuvieran la tensión entre una entrega y la siguiente. Como las series televisivas de hoy en día.

Así, en este orden de cosas, se produjeron algunas de las mayores maravillas que han dado las letras, y la novela alcanzó su estatus predominante en el mapa de los géneros literarios. Apuleyo y Cervantes podían ya sonreír desde sus tumbas: Clarín, Flaubert, Balzac o Tolstói recogían su testigo para llevarlo al más allá. Pero escribieron muchas, muchas páginas. ¡Que levante la mano quien haya leído la totalidad de La comedia humana de Balzac! Así leer a los realistas, para el grueso de la gente, se convirtió, pasado los años, en el castigo ejemplar de la lectura obligatoria del instituto. Claro que eran tan buenos que se les siguió leyendo. No es a ese lector ejemplar que relee La Regenta cada dos por tres y porque sí a quien me dirijo en esta ocasión, sino al jovenzuelo —aún imberbe, o ya crecido— al que se le atragantó Fortunata y Jacinta en el instituto: haceros con La virtud de Checchina. ¡Qué delicia de realismo!

Pues llama la atención que en La virtud de Cecchina se logran los mismos objetivos del realismo en muy pocas páginas, y con un grado de perfección y de deleite que sorprenden. Esta novelita es tanto una garantía de una gran tarde para el lector curioso, como de asomarse a un balcón con vistas magníficas, exactas y veraces de la sociedad romana pequeñoburguesa de finales del XIX. Es la historia, sencilla, casi sin argumento, de una mujer casada, aún joven, que no ha visto del todo aplacado los ardores de la lozanía pero que se ha visto reducida al mundo de su saloncito, de sus escasas relaciones sociales, y de un marido tosco y obsesionado por el control del gasto. La presencia de un personaje como el marqués d’Aragona, un encantador donjuán que fija sus ojos en ella, socava completamente ese recluido espacio al que se había abonado.

La forma en la que Matilde Serao describe este lance, que se produce más en los terrenos de la imaginación y de las expectativas que en el puramente real, es un ejercicio de costumbrismo primoroso. Las más pequeñas cosas, el significado de cada lira gastada, de cada pensamiento que perturba y magnifica los sentimientos de la protagonista, adquieren un relieve que nos introducen a la perfección en la pequeña cabecita de Cecchina.

Y eso es, en definitiva, lo que tiene que ser el realismo. La transplantación exacta y completa del mundo real, exterior, en su mímesis de páginas y tinta. Quizás, Matilde Serao —nacida en Patras, Grecia, en 1856, pero de raíces napolitanas y que desarrollaría su carrera en Italia— tenía los mejores mimbres para construir una historia tan bien hilvanada en su nimiedad como esta: conocida sobre todo por su labor periodística, se separó de su marido después de darle cuatro hijos. Su sensibilidad está presente en cada uno de los recovecos en los cuales, con ese costumbrismo tan maravilloso, va introduciéndonos plenamente en el desvivir diario de Checchina. Quizás los pensamientos banales no han sido con tanta frecuencia objeto de la gran literatura, pero es a través de cada pensamiento inútil, cada preocupación a priori inocente, pero de la cual se hace un mundo, cada ilusión que se alimenta de lo más fútil… como Cecchina cobra una presencia tan real como si pudiéramos tocarla con nuestras manos. Y todo regado de ingentes dosis de ironía, de humor —algo fétido, en ocasiones—, de personajes a los cuales el estereotipo les pesa cada paso que dan. En menos de un centenar de páginas.

Entretenimiento, trascendencia, cierto consuelo lenitivo al alma… ¿qué más se le puede pedir a un librito que se lee de una sentada? Un posfacio a la altura, a cargo de Natalia Ginzburg, donde reafirmamos lo que ya hemos leído desde la perspectiva de una lectora privilegiada. Digo yo que alguno de los que odiaron la lectura en el instituto obritas como esta quizás puedan disfrutarlas. Y los que ya de por sí adoramos leer… ¿qué voy a decir?


Los caníbales - Alvaro do CarvalhalADDENDA: En un principio, planeaba realizar una entrada que fuera reseña doble. Junto a La virtud de Checchina, como novedad editorial, quería comentar también Los caníbales, de Álvaro do Carvalhal, mi primera incursión en el fondo de catálogo de Ardicia.

La primera vez que me acerqué a la labor de Ardicia lo reseñé convenientemente en este blog —aquí puede leerse—, con entrada doble. Pero al final he decidido que La virtud de Cecchina se merecía su propia entrada particular. También lo merecían las obras que había reseñado antes, muy especialmente Los millones de Artsybáshev, aunque en ese momento quise centrarme más en los elogios a la labor de selección y rescate de esta pequeña editorial.

Aunque Los caníbales fue una muy grata lectura, quizás me gustó menos que la novelita de Matilde Serao. Es una obra con muchos puntos de interés, con elementos grotescos e irónicos en los cuales se reconocen un fantástico y virulento Romanticismo —¡la época literaria, no los folletos perpetrados por Harlequin!—, y gana interés como precursor ibérico, con todas las de la ley, de Poe. Tiene además, a pesar de sus pocas páginas, un estupendo ensayo de Fernando Iwasaki, autor que es debilidad mía, y culpable de que me decidiera por este título. Pero también se puede apreciar que es una obra que muestra más potencial que realización. Álvaro do Carvalhal murió con apenas 24 años, cuando aún era un pipiolo. Aún estaba por salir su gran obra —que, de seguro, habría surgido—, y Los caníbales es más llamativa por el contexto y los movimientos a los cuales se adscribe que por sus páginas en sí mismas. No es óbice para que recomiende su lectura: ¡y qué final, señores, qué gran final!


POSTDATA: Volviendo a La virtud de Checchina, un detalle. Si no me equivoco, es la primera autora que reseño en Diván de Tinta. Tengo gran parte de culpa, puesto que cultivo poco la literatura femenina. Pero quiero destacar que el hecho de que sea una mujer quien ha escrito, y que se note, ha sido uno de los rasgos más frescos por los que he disfrutado de su lectura. Los maravillosos matices de Checchina no serían posibles —o muy difíciles— en un autor, siendo, como solemos, falocéntricos. Es la de Checchina una psique humilde, titubeante, asustadiza, pero maravillosamente real en su complejidad.


Una reseña abreviada de este libro se publicó como opinión quelibroleo

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