La pica y la pluma - Fernando VillalónSinopsis. Nacido en 1881 en una familia aristocrática de Morón de la Frontera (Sevilla), Fernando Villalón mostró desde joven una profunda inclinación por el campo, que se concretó en la adquisición de una ganadería de toros bravos cuando apenas tenía 23 años. Ganadero idealista, se propuso criar toros tan temibles como aquellos que  lidiaban Pedro Romero y Pepe-Hillo en los albores del siglo XIX. Tras dedicar veintidós años de su vida a esa empresa a contracorriente de las nuevas tendencias, terminó arruinado, pues las figuras de aquel tiempo, como Belmonte o Joselito, se negaron a enfrentarse con sus toros. Este fracaso coincidió con la eclosión de una vocación literaria cuya primera manifestación fue el poemario Andalucía la Baja (1926), en el que ofrece una visión lírica, y a veces crítica, de su tierra. Su segundo libro, La Toriada (1928), lo confirmó como uno de los poetas más originales del 27. Este largo poema de 521 versos es a la vez un homenaje a Góngora, un himno al toro bravo y una defensa ecologista avant la lettre de la marisma. «Cuarentón que de pronto tiene prisa», publicó al año siguiente Romances del 800 cuyos poemas recrean «momentos anímicos» de la Andalucía que fascinó a los viajeros románticos. A su muerte (1930), dejó un número importante de inéditos, entre ellos un bello poema cosmogónico: «Kaos».

Este libro ofrece al lector un perfil biográfico del poeta, dos estudios (el ganadero, el poeta), una antología y una bibliografía con más de 700 registros.

Fernando Villalón. la pica y la pluma. Perfil biográfico, estudio, antología y bibliografía. Jacques Issorel

Espuela de Plata | 2011 | rústica con solapas | 206 pp.
ISBN: 9788415177166


Cuando marché a vivir una temporada de estudios a Sevilla, recién entrado a la edad adulta, con la mente y las energías puestos en el disfrute y el descubrimiento —fiestas, lecturas, nuevas amistades…—, el ánimo sugestivo del joven por formarse que era, tan moldeable entonces y presto a conformar nuevas mitomanías vitales —de aquella época me viene la pasión, por ejemplo, por el jazz—, encontró un nuevo foco de admiración en torno a la revista Renacimiento y la editorial del mismo nombre. La labor publicística que lleva a cabo Abelardo Linares, dueño e impulsor de este proyecto, ha persistido como parte de mis grandes mitos, con el cariño extra que le suscita el haberme enamorado entonces, en una edad tan sugestible.

Espuela de Plata es otro sello de Renacimiento, y tiene en su catálogo el mismo mimo y cuidado que la editorial matriz. Porque, ¡qué catálogos tienen! Aunque no son superventas, ni tienen toda la presencia que los grandes monstruos del sector como Random House o Planeta, sí que tienen detrás toda una labor entusiasta de edición y recuperación de un sinfín de obras maravillosas. Siempre acompañado de una edición impecable, a cargo de especialistas del sector. Es lo que sucede con esta aproximación a Fernando Villalón, traída por el hispanista francés Jacques Issorel, probablemente la persona que más a trabajado nunca al poeta moronense. No en vano dedicó su tesis doctoral —de 1980, en la Université Paul-Valéry de Montpellier— a una edición crítica de la obra poética de Villalón.

Espuela de Plata e Issorel se aúnan, por tanto, para ofrecernos una grandísima puerta de entrada con la cual conocer a este excelente poeta, muy opacado por los grandes nombres que visten a su generación literaria, la comúnmente conocida como del 27: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Emilio Prados… La pica y la pluma se sobra y se basta para presentarnos en sociedad a Fernando Villalón, para todos aquellos —que seremos muchos— que jamás habíamos probado su poesía. Aquí lo he hecho por primera vez, y quedé completamente prendado: Villalón es mucho más que el poeta ganadero, como a modo de curiosidad se le ha presentado en ocasiones.

Tenemos, en el par de centenar de páginas de esta edición, un estudio biográfico —dividido entre el «ganadero» y el «poeta»—, una antología que recoge una muestra ejemplar de su quehacer poético, y un amplio listado bibliográfico con el cual sumergirse y ahondar en Villalón. Por descontado que esta última sección reviste interés para el investigador interesado y poco para el común de los lectores, pero no hace daño; y por contra sí estimula algo más de profundidad: un servidor, que ha quedado con algunas ganas de más, ya tiene fichada qué ediciones hay, gracias a esta bibliografía, de los Romances del 800. Aunque tendré que ir a Iberlibro, puesto que la única edición disponible es tan vieja como mi abuelo. O eso, o una edición de obras completas.

El estudio de Jacques Issorel tiene su interés. La vida y los tejemanejes de Villalón como ganadero —un esfuerzo frustrado— se leen con curiosidad, pero empieza a llamarnos de verdad cuando Issorel se adentra en el estudio de su producción poética, con una exposición clara y muy bien trazada de su obra. Pues la poesía de Villalón no desmerece en nada a la de sus compañeros de promoción, aun siendo más breve y menos difundida. ¡Y sus poemas tienen mucho más color del que me esperaba! Beben de ese regusto andalucista, musical, pleno de luces y de reverberaciones, con versos de esos que se paladean con gula, disfrutando de las sonoridades que se desbordan. Especialmente en esos Romances del 800 —que, vuelvo a decir, tengo en mente conseguir en edición íntegra—, donde el octosílabo se desliza con esa ligereza y hondura que le son tan propios al verso más característico y tradicional de la lírica hispánica. Como ese poema que dedica a los «Siete Niños», entre los que se encontraba el mítico Tragabuches:

Siete caballos caretos;
siete retacos de plata;
siete chupas de caireles,
siete mantas jerezanas.
Siete pensamientos puestos
en siete locuras blancas.

Antes ha recuperado el desbordante imaginario gongorino que se despliega en el extenso poema de La toriada, y termina con un poema póstúmo, «Kaos» más audaz, más propio, pero que conserva la delicia de esa voz tan andaluza:

La mañana llevaba
su camisa blanca;
la rosa de los vientos
se le cae deshojada.
¿La luna no se va? —Luna lunera.
Búcaro de escayola, roto en el aire,
espera al sol, que en plumas lo deshace.

Una antología, en definitiva, muy contenida en su extensión, pero variada y plena en los versos escogidos. Y todo envuelto en el impecable armazón editorial de Renacimiento, con hermosa portada, y una cuidadísima disposición de tipografías y elementos en la caja de texto. Un libro de los que gusta tener y ante los cuales, de vez en cuando, nos descubrimos pasando con regodeo la mano, palpándolo, como diciéndonos: «¡qué cosa más bonita!»

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