Veintidós cuentos picantes - SamaniegoSinopsis. «Gracia, naturalidad, colorido y algo de sal gorda es lo que pueden encontrar en estos Veintidós cuentos picantes protagonizados por frailes, monjas, viudas, malmaridadas y algún obispo, que acaban de llegar a los escaparates. […] Si alguna vez se han preguntado, como también los neoclásicos lo hicieron en su tiempo, si la poesía sirve para algo, poemas como “El reconocimiento”, “El cañamón” o “Las bendiciones de aumento” les alegrarán, sin tienen, los humores, les levantarán, de paso, la moral y les darán una respuesta: la poesía sirve también para divertirse». José Ignacio Foronda, Imagina, La Rioja.

Presentamos de nuevo, y lo haríamos cuantas veces hiciera falta, una selección de las inolvidables narraciones eróticas, jocosas y deslenguadas de tan ilustre y libertino escritor, editadas por Alfonso Martínez Galilea (Logroño, 1959) e ilustradas por Javier Jubera García (Logroño, 1982). Una lectura fresca y acalorada a la par que saludable.

Veintidós cuentos picantes, Félix María Samaniego (ed. de Alfonso Martínez Galilea, pról. de Joaquín López Barbadillo, ilustr. de Javier Jubera García)

Pepitas de Calabaza | octubre 2012 | cartoné | 114 pp.
ISBN: 9788494029622


El jardín de Venus - SamaniegoCuando en la carrera tuve una asignatura dedicada a la literatura del siglo XVIII, el profesor, algo sibilino, coló entre la bibliografía recomendada una edición que Emilio García Palacios hizo para Biblioteca Nueva de El jardín de Venus, de Félix María Samaniego. Me hice con ella, y como premio obtuve unos grandísimos ratos de carcajadas. Muchísima diversión. El añadido de esa bibliografía recomendada, pese al escaso valor literario de estos divertimientos licenciosos que son las poesías verdes y pornográficas de Samaniego, era poco más que pertinente; pues uno de los caballos de batalla de los especialistas en la literatura del XVIII ha sido siempre reivindicar el valor de la producción literaria del siglo, muy oscurecida ante el resto de etapas. Se ha tachado de política, de aburrida y demasiado solemne. Samaniego es un buen puñetazo en el estómago a estos detractores. Y no digo que Samaniego tuviera gran parte de culpa, pero lo cierto es que terminé dedicándome, en materias de investigación, a ese siglo y al XIX. Y el profesor que con tanto disimulo coló El jardín de Venus es hoy, además de amigo y maestro, mi director de tesis.

Pero tú, astuto lector, te habrás dado cuenta de que no estoy hablando de El jardín de Venus en Biblioteca Nueva, sino de Veintidós cuentos picantes en Pepitas de Calabaza. Y como alguien con criterio habrás deducido que, si no de lo mismo, se trata de una obra muy similar. ¿Y si comento que todo lo incluido en Veintidós cuentos picantes se halla en El jardín de Venus? No, no me he vuelto tonto, ni tengo pasión por duplicar ediciones en casa —que también—, ni voy a bajar ahora con la edición de Biblioteca Nueva gritando ¡repe! como quien busca intercambiar cromos. Porque sucede que cuando vi esta edición de Samaniego, esta tenía dos valores añadidos: en primer lugar, que lo publicaba Pepitas de Calabaza, una editorial independiente, de largo recorrido, y muy encomiable recorrido; y en segundo lugar, y diría que definitivo, los cuentos picantes los ilustraba Javier Jubera García. Y es que, si tuviera que decir a mi ilustrador favorito, me quedaría un poco pillado, pero si tuviera que enumerar a mis ilustradores favoritos, el de Javier Jubera aparecería al momento. No es para menos: en su web podéis echarle un vistazo a su muy buena labor.

Veintidós cuentos picantes - Samaniego IL1

Pero entrando en materia, y hablando un poquito de lo que aquí es pertinente, ¿en qué consisten esos veintidós cuentos picantes? Son veintidós piezas poéticas donde lo poético se ha dejado un poco en suspenso, y por contra se ha preferido regar con un buen muchito de sal gruesa. Frailes rijosos, monjas demasiado curiosas, esposas y esposos dados al enredo, entre ellos y a ocultas de ellos… pequeños cuentecillos con un delicioso aroma libertino y soez, en definitiva, hechos para sacar una —y más— sonrisas al lector. ¿Soeces? Desde luego: con el equívoco y los dobles sentidos como especial recurso humorístico, en realidad tales equívocos y dobles sentidos, de tan claros y diáfanos, no lo son tanto. Contentémonos con llamar flatulencia al pedo, y tenemos esa sonrisilla gamberra que trata de ahogarse bien armada.

Decididamente el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, de las academias, de los largos y enrevesados manuales científico-literarios, podía ser muy cargante. Sobre todo si se era un hombre de letras, con mala mujer al lado, o peor, sin mala —ni buena— mujer con la que refocilarse. Pero ya entonces existían las meretrices —¡cuántos académicos de las muy Reales academias habrán gozado de sus artes!— y sobre todo existía uno de los valores fundamentales del siglo: la amistad. Muchas epístolas, muchas tertulias, muchos paseos. ¿Acaso convenía agotar cada minuto en disertar sobre la triple naturaleza de lo sobrenatural y lo divino, o sobre el hallazgo de nuevos pedrolos en Bolullos del Condado? No. Hay que reírse, lo que es una manera más exacta de decir que hay que vivir. Incluso San Juan de la Cruz había compuesto deliciosos poemas eróticos para solaz de las monjitas abulenses, que se disfrazaron de misticismo cuando llegó la severa Contrarreforma. Y la sal gruesa, de Catulo a los hermanos Farrelly, ha sido el elemento más facilón y efectivo para reír. Así que Samaniego, como tantos otros, divirtió a sus amigos a base de bonitas poesías. Poesías tan elevadas como la que sigue —y de paso, mostrándoos uno de esos veintidós cuentos picantes, me ahorro más prolijas descripciones:

«La postema»

Érase en una aldea
un médico ramplón, y a más casado
con una mujer joven y no fea,
la que había estudiado
entre los aforismos de su esposo
uno u otro remedio prodigioso
que, si él ausente estaba,
a los enfermos pobres recetaba.
Su caridad ejercitando un día
la señora Quiteria, este es su nombre,
vio que a su puerta había
un zagalón, ya hombre,
que a su esposo buscaba
porque alguna dolencia le aquejaba.
Parecía pastor en el vestido,
y a Febo en la belleza y la blancura,
mostrando en su estatura
la proporción de un Hércules fornido,
tanto, que la esculapia, alborotada,
ayó en la tentación. ¡No somos nada!
Hizo entrar al pobrete,
ya con mal pensamiento, en su retrete,
en donde le rogó que la explicase
la grave enfermedad que padecía,
porque sin su marido ella podía
un remedio aplicar que le curase.
—¡Ay, señora Quiteria! —el zagal dijo—,
yo por lo que me aflijo
es por no hallar medio suficiente
para el mal que padezco impertinente.
Sepa usté, pues, que así que me empezaron
las barbas a salir y me afeitaron,
también me salió vello
alrededor de aquello,
y cátate que, ha poco, tan hinchado
se me puso que… ¡vaya!
no podía jamás tenerlo a raya.
Yo, hallándome apurado
y de ver su tiesura temeroso,
pensé y vine a enseñárselo a su esposo,
el cual me lo lavó con agua fría,
con que se me aflojó por aquel día;
pero después a cada instante ha vuelto
el humor a estar suelto
y es la hinchazón tremenda.
Dijo, y sacó un… ¡San Cosme nos defienda!,
tan feroz, que la médica al mirarlo
tuvo su cierto miedo de aflojarlo;
pero venció el deseo
de gozar el rarísimo recreo
que un virgo masculino la promete
cuando la vez primera empuja y mete.
A este fin, cariñosa,
dijo al simple zagal: —iAy, pobrecito,
una postema tienes! Ven, hijito,
ven conmigo a la cama; haré una cosa
con que, a fe de Quiteria,
se te reviente y salga la materia.
El pastor inocente
a la cura se apresta
y ella, regocijada de la fiesta,
le dio un baño caliente,
metiendo aquello hinchado
en el…, ya usted me entiende, acostumbrado,
con una habilidad tan extremada
y tales contorsiones,
que dejó la postema reventada
con dos o tres o más supuraciones.
Fuese el zagal, y, a poco, volvió un día
a la casa del médico, que estaba
sentado en su portal cuando llegaba;
y, viéndole venir, con ironía
díjole: —¡Hola! Parece, por tu gesto,
que se te ha vuelto a hinchar… Pues entra presto,
te daré el baño de aguas minerales
que suaviza las partes naturales.
A que el pastor responde: —¡Guarda, Pablo!
Para postemas, que reciba el diablo
ese baño que aplasta y que no estruja.
¡Toma! Cuando arrempuja
la señora Quiteria,
me la revienta y saca la materia.

Veintidós cuentos picantes - Samaniego IL2

Divertido, ¿no? ¡Tanto entonces como ahora! Un gran acierto, en definitiva, la n-ésima recuperación de las fábulas no-tan-inocentes de Samaniego, ahora a cargo de Pepitas de Calabaza, quienes con mucho humor indican en la contraportada que son «una editorial con menos proyección que un cinexin». Ni caso, pues la labor de Julián Lacalle —principal mano detrás de este pequeño taller artesanal de libros— es impecable. Y sobre todo gracias a las ilustraciones de Javier Jubera, que nos dejan entre manos una pequeña joyita muy muy apetecible, con la que reír tanto como vestir de elegancia pornográfica las estanterías. Chapeau.

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