Señoritos chulos - Eugenio NoelSinopsis. «El mal no es sólo la flamenquería, sino toda forma de histrionismo y deportismo. Todo se reduce a espectáculo. Dirán que está usted loco, pero ánimo y no ceje. Y no olvide que hay un batallón de solitarios tras de usted.» Miguel de Unamuno.

Entre sus muchísimas páginas, y en este libro de forma muy gráfica, el escritor Eugenio Noel insistió hasta su última gota de tinta en detectar los males de la patria en una amalgama antropológica que resumía «lo peor» de la cultura popular a principios del siglo xx: el flamenquismo. Entre sus rasgos principales: chulería, «prestancia personal sobre toda otra moral», afición a los toros y a la «guitarra canalla y los cantes andaluces», el «matonismo» que «llama a la dignidad “vergüenza torera” y al corazón “riñones”», amor por la juerga, «la trata de blancas» y el género chico… Aún más interés tiene Noel por detectar el «compuesto» sociológico desclasado —«el flamenco vive en todas las clases sociales»— y el mestizo degenerado lleno de falsificaciones de los estereotipos del andaluz, del gitano y del chulo madrileño, principalmente. Desde el punto de vista político, está adscrito al «apachismo político», a «todos los aspectos del caciquismo y el compadrazgo». Como le decía Jacinto Benavente, los políticos flamenquistas «podrán no estar de acuerdo en los sistemas de educación popular; pero en la eficacia de las corridas de toros como sistema de embrutecimiento, están conformes en absoluto».

Con este libro Eugenio Noel realizó el intento más sistemático de descripción de la causa de sus desvelos: el «flamenquismo» y sus horribles consecuencias. Nunca editado desde su primera aparición, en 1916, parece además una especie de canto de cisne de la «triunfal campaña» antiflamenquista y regeneradora que iniciara este singular escritor y activista desde 1911. La obra de Noel sigue fascinando hoy por los efectos paradójicos de su crítica cultural, debidos a su atención pionera a lo popular moderno y la cultura de masas. Salvando las distancias, su ácida denuncia política también guarda curiosos paralelismos con nuestro presente: ¿qué otra cosa le echamos en cara al actual sistema político sino sus acabadas expresiones del «flamenquismo político» que acuñara Noel, abonado a las peores prácticas del clientelismo y «la componenda»?

Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos. Eugenio Noel (pról. de David González Romero)

Berenice | febrero 2014 | rústica con solapas | 194 pp. ISBN: 9788415441465


Últimamente hay dos autores que han recibido un impulso importante a la hora de rescatar sus obras: Manuel Chaves Nogales y Julio Camba. Rescates merecidísimos, y que renuevan y lucen el canon hispánico después de una etapa —la Guerra Civil— que forzó a reinventar continuamente nuestra tradición más próxima, al menos en lo tocante a la literatura de los arrabales, entre la que se encuentra de manera muy particular la periodística. Pero hay dos autores cuya recuperación se ha hecho de forma más tímida, aunque la calidad literaria de su prosa pediría un rescate de mucho mayor calado: Corpus Barga y Eugenio Noel. Más atrás quedan muchos de los escritores de la bohemia de finales del XIX y principios del XX —Dicenta, Escamilla, José de Siles…—, más olvidados y apolillados si cabe, pese a algunos esfuerzos encomiables,* pero menos sangrante en tanto que literariamente andan a la zaga de los cuatro ya mentados.

Pocos autores hay en España tan injustamente infravalorados como Eugenio Noel. No por desconocimiento —pues conserva alguna reminiscencia de la popularidad que alcanzó a principios de siglo— pero sí en cuanto a reediciones y lectores que mantengan viva la llama de su actualidad literaria. Existen ediciones y existen lectores, pero no en la medida que se merece Eugenio Noel teniendo en cuenta lo que es: un portento de las letras españolas. Aunque quizás es comprensible: su obra es una lucha ya anacrónica, anclada en el socialismo del primer tercio del XX, contra lo que el veía los males de su tiempo, el flamenquismo y el toreo. Una visión muy particular del regeneracionismo noventayochocista. Y, sobre todo, su lectura es una garantía fija de la necesidad de mantener un diccionario al lado: tres, cuatro veces —¡por página!— habrá que acudir a él, y en ocasiones de manera frustrada, pues ni el Diccionario de la Real Academia recogerá muchas de sus voces. Suficiente para desalentar a muchos.

Eugenio Noel tiene una de las vidas más peculiares y fascinantes de nuestra literatura. De raíces humildes, fue adoptado por la duquesa de Sevillano —María Diega Desmaissières—, última de su estirpe, de modales rígidos, pero que acogió con esmero al pequeño Noel. De haber seguido Noel al amparo de sus faldas, terminando sus estudios seminaristas con los cartujos, hubiera arrancado un buen pellizco de una más que sustanciosa herencia. Pero decidió que quería ser otra cosa, escritor, y voló libre. Libre, sí, pero no muy alto, y con una preocupación constante por las miserias pecuniarias que no le abandonó toda su vida. Tan triste y extravagante fue su suerte, que incluso muerto en Barcelona, su cadáver se extravió en Zaragoza, de vuelta a Madrid. Viviendo al filo de la pobreza, necesitado de ganar cada peseta con la que comer ese día —y alimentar a los suyos— hizo de su vida una misión quijotesca que le llevó por toda España pronunciando conferencias en pos de la regeneración hispánica, con las campañas en las cuales denunció la raíz que, a su parecer, asolaban a España: el majismo, el flamenco, la guitarra canalla y el estoque ensangrentado. Junto a alguna novela y algunas obras cortas, casi toda su producción versó en torno a esos mismos temas, y utilizó y reutilizó constantemente su propio material, apremiado por la necesidad de ganar algunas pesetas publicando lo que fuera; lo que hace que una recopilación crítica de sus obras, que aún está por hacer, sea una tarea poco menos que titánica.

Pero, mientras, Berenice ha publicado ya un par de obras suyas: el Diario íntimo, del cual no quiero hablar, puesto que no es una buena edición, y la que aquí traigo, Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos, que sí lo es. También Renacimiento y Extramuros han recuperado cosas de Noel. Muy poco donde rascar, todavía.

Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos es quizás una de las mejores aproximaciones que puede hacer a Noel quien aún no le conozca. Su extensión comedida no abruma, Noel se encuentra aquí en todo su genio, y el prólogo que ofrece David González Romero en esta edición —bastante bonita, todo hay que decirlo— es magnífico e introduce a Noel de forma perfecta. Y todas las obsesiones del autor están aquí presentes, obsesiones que vemos ya con algo de ternura, como se mira a un loco, pero que escuchamos con atención por el vigor y la fuerza de la prosa, que fascina y sobrecoge al mismo tiempo por su poderío. El ingenio, el humor y la pincelada perfecta del pintor que recoge todos los matices de la paleta cromática campan a sus anchas. Pero a lo mejor, más que agotar todos los epítetos que encuentre, sea preferible mostrar un par de paladas de su genio. Como cuando caracteriza —y se burla— al andaluz pendenciero y juerguista, con una síntesis ejemplar:

El genio andaluz arregla las cosas como las riñas de las juergas y las bromas de los colmados; cuando nadie se entiende busca una solución que nadie entiende, y este recurso raro es de una eficacia abrumadora, aunque está muy lejos de parecerlo.

O cuando transcribe —o eso afirma él— una carta de un admirador a su ídolo torero, en el que parece que, mucho antes que Cortázar, se nomalaban los noemas a un estilo desternillante:

Fenómeno: la rectibilidad de mi cariño hacia ti, bichín, ha pangenizado mi coróstico afecto y ha quirotoqueado mi voluntad. Mas como la incategorización de los alondriforios está completamente opuesta a las charrifisandas de los insípidos bondos, no puedo menos que contarme en el número de tus amartelados. El dilecteo que fluctúa en el omnímodo embeleso de mis desvelos espera tu contestación guingo ganga cornúpeto paralela barométrica commotrística… (etc.)

Son, en conjunto, una serie de textos impagables, y que demuestran un talento muy por encima de lo que se le ha reconocido nunca. No solo ahora, sino que en su propia época, devorado por la caricatura de sus campañas antiflamencas, aunque los madrileños le reconocían por la calle —inflamando su infantil orgullo— los escritores serios, con pocas excepciones, le menospreciaron. Era poco más que un chiste, un ser excéntrico presto a despotricar y a venderse por algunas pesetas con las que subsistir una nueva salida del sol. Fue así un trabajador incansable, pero sometido a las vicisitudes de lo circunstancial, de un estilo de vida desenfrenado y desarreglado, nunca produjo la obra cumbre que tenía que redimirlo. Es Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos, sin embargo, una muestra fantástica del que fue uno de los escritores más dotados que jamás se han visto por estos lares.


* Quiero recomendar, muy vivamente, la labor de recuperación editorial que —aunque únicamente ajustada al formato digital— está realizando la pequeña y artesanal Ganso y Pulpo para rescatar la producción breve de muchos de estos autores ligados a la bohemia y al tránsito finisecular. Pequeñas pildoritas bien trabajadas y rescatadas… ¡y gratis!

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