Tortilla Flat - John SteinbeckSinopsis. En las colinas de Monterrey, en medio de los bosques de pinos, se sientan las cabañas de madera de Tortilla Flat. Allí viven los paisanos, mezcla de indios, hispanos y diversas razas caucásicas, un grupo de hombres y mujeres ajenos a los vaivenes mercantilistas y a las normas de la sociedad más respetable. Danny y sus amigos, pícaros modernos capaces de todas las trapacerías, pero dispuestos siempre a ayudar a los demás, pasan su existencia entre borracheras, peleas y vagabundeos hasta que la inesperada herencia de una casa viene a poner un poco de orden en su salvaje libertad. La casa de Danny habrá de convertirse en depositaria de un talismán que no es otro que la camaradería y, con ella, un ideal de caballeresca generosidad.

Divertida y tierna, llena de situaciones cómicas e impregnada de un hondo lirismo, esta novela, publicada en 1935, fue el primer gran éxito literario de John Steinbeck.

Tortilla Flat. John Steinbeck (trad., pról. y notas de José Luis Piquero)

Navona | cuarta edición | marzo 2015 | rústica con solapas | 258 pp. ISBN: 9788416259090


John Steinbeck es de esos autores que forman parte destacada de mi bagaje lector, aunque solo fuera con dos de sus obras. En mi infancia, con Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, y en mi adolescencia con Las uvas de la ira. Lo que no sospechaba es que con Tortilla Flat volvería a esas viejas y gratas lecturas: los desposeídos de Las uvas de la ira forman aquí una curiosa y paródica tabla redonda, resucitando a ese mítico Arturo en el destartalado barrio de Tortilla Flat.

Aun sin saber del todo lo que me esperaba, Tortilla Flat fue una elección lectora casi obligada. No solo por el autor, Steinbeck, cuyo recuerdo, aunque viejo, me era grato, y que me apetecía recuperar, sino también por la editorial que nos trae esta obra primeriza del autor. A Navona la descubrí hace escasos meses, cuando me hice con Leer en el retrete, de Henry Miller —otro de mis autores fetiche— y no pude quedar más satisfecho con su labor editorial. No solo por recuperar un inédito de Miller, cuya lectura devoré con fruición —a fin de cuentas, y como atestigua el hecho de que permaneciera inédito, no deja de ser una obra menor—, sino por el modo en el que se hizo. Mucho cuidado editorial, muy buena traducción, y uno de los mejores ensayos contextuales que, aquí en forma de epílogo, he podido leer enmarcando una obra, a cargo de Enrique de Hériz.

Tortilla Flat tampoco defrauda. El libro, como objeto en sí, es bello, y gusta pasar los dedos por sus hojas. El uso de los tipos Bodoni, con ese aire tan decimonónico, distingue y resalta la caja de texto, dándole un aire particular que expresa a las claras la voluntad de Navona por diferenciarse y decirnos de manera velada: «cuidado, que hemos puesto todo nuestro amor en traeros esta obra». La introducción de José Luis Piquero, breve y concisa pero reveladora; y su traducción impecable, justificada cuando lo ha visto oportuno a través de —pocas y no entorpecedoras— notas a pie de página. Pero quizás dejo que mis mitomanías bibliófilas se expandan demasiado, y va siendo hora de que entremos estrictamente en materia.

Tortilla Flat es un asentamiento de casas de madera en las colinas de Monterrey (California), donde habitan una heterogénea mezcla de descendientes de indios, mexicanos, españoles y caucásicos. Entre ellos se encuentra Danny, un vagabundo, un pequeño pícaro acostumbrado a vivir al aire libre, al día, y que tiene en el vino y las mujeres su mayor pasión. Un día Danny hereda dos casas, y su suerte, con un techo bajo el cual reposar, cambia. En su nuevo hogar, Danny va progresivamente acogiendo a varios de sus amigos, gente desarraigada como él, simples y sencillos, de humildísima condición. Y al modo de una improbable y desvirtuada tabla redonda de caballeros, estos amigos y paisanos sobrellevan la vida entre vagabundeos, peleas y tragos compartidos de vino. Es Tortilla Flat una novela que despliega una simpatía vívida con esta gente humilde y pícara, de bondadoso fondo de espíritu aunque retorcidos —y rígidos— códigos morales, que no desdeñan el hurto o el engaño al mismo tiempo que se abren, de corazón, a la amistad y a los demás.

Con este despliegue de la ingenua y entrañable población de Tortilla Flat, el resultado es una novela picaresca con muchos momentos cómicos y un grato lirismo que deja una gran impresión en el lector. Los capítulos se suceden dinámicos, entre andanzas y andanzas de sus protagonistas, y las descripciones, aunque menudean, no aparecen tanto para cubrir el expediente de describir Tortilla Flat, como para envolver en una pátina casi melancólica el relato, acompañándonos al mismo tiempo que seguimos y sentimos con Danny y sus amigos.

La tragicomedia ha sido, desde los inicios de la literatura, uno de los mejores modos de introducirnos en la cotidianidad. Aunque Tortilla Flat rehúye de lo melodramático, pese a su agrio final, para reincidir en lo cómico y humorístico, es precisamente ese componente de tragedia —inevitable en una obra que se centra en los desposeídos— el que se nos clava. Pasamos un buen rato, sí, pero a costa de empatizar con sus personajes, con esa gente sin suerte cuya mayor felicidad consiste en tener las monedas necesarias, ese día, para hacerse con una garrafa de vino —¡y esa es mucha felicidad!—, y al sentir con ellos, reímos y sufrimos con ellos. Quizás haya redención para la especie humana, incluso entre los más toscos y simples: ¿no es acaso la vida una constante búsqueda del grial?


El nadador en el mar secreto - William KotzwinkleADDENDA: También en estos últimos días he podido leer El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, editada por Navona en su colección de Ineludibles. Es un librito bella y simplistamente editado en cartoné con cubierta de tela, apenas el título, autor y colección en portada, y sin ningún texto que introduzca el libro. Quizás sea mejor así: es un libro que merece mucho la pena descubrir partiendo de cero.

Pero doy un apunte. A veces se nos olvida que la literatura también es un proceso de aprendizaje emocional. Los viejos cuentos de niños solían ser crueles, aterradores, porque así era como moldeaban y daban forma a los sentimientos primarios —miedo, cautela, ansiedad…—, y también las novelas del XIX servían como una suerte de educación sentimental para aquellas mujeres recluidas en las cuatro paredes de su casa, que no de otra forma podían enfrentarse a situaciones que en su vida diaria no siempre tenían al alcance. Algo parecido ocurre con El nadador en el mar secreto: es un libro muy emocional, demasiado emocional. No seremos los mismos una vez cerrado el volumen.

Un último apunte más: lo traduce Enrique de Hériz, cuya competencia me quedó sobradamente demostrada en Leer en el retrete, de Henry Miller, y ahora aquí.


Una reseña abreviada de Tortilla Flat se publicó como opinión quelibroleo

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