La Universidad Blanca - Ismael BeldaSinopsis. Al Oeste de todo, en un profundo valle,
vi la Universidad Blanca. Fue en una calle
de Carcasona donde escuché por primera vez
hablar de la mítica y oscura cordillera

que rodea la cuenca de un río verde y lento,
cuyas aguas reflejan ciertas nubes, al viento
mecidas en el cielo como polen dorado…

Ismael Belda. La Universidad Blanca

La Palma | diciembre 2014 | rústica con solapas | 88 pp. ISBN: 9788495037886


Confieso que el panorama poético, por norma general, me aburre. Su condición minoritaria hace de sus arrabales un reducto ideal para que medren los grandes egos, la mezquindad disfrazada de condescendiente altivez, la autofelación y el desdén por lo que no sea la trascendencia poética. Casi todos hablan de eternidad, de la belleza, de la imposible aprehensión del instante gozoso, o de Supermán y bikinis, que Gimferrer en su momento hizo que se corrieran los posmodernistas de espíritu pop. Seamos hipsters, compongamos poemas en la servilleta del café cuya última gota se nos escurre por la barba y obtengamos el último premio de poesía de Bolullos del Condado sobre florecillas del campo. Podían hacer como Dylan Thomas, que componía algunos de sus versos en servilletas, pero en vez de con café, con whisky, y tuvo el detalle de palmarla de deliriums tremens, después de dejarnos una obra que sí era magnífica. Mucho poetastro y pocas balas, en definitiva.

¿Estoy siendo algo intransigente? Sin duda. De cuando en cuando aprovecho las revistas literarias o la presencia en librerías para hojear las nuevas hornadas, pero la pedantería y banalidad de los muchos me echan para atrás, penalizándome —intuyo— el conocimiento de los pocos que verdaderamente merecen la pena ser leídos. Cuando tengo sesiones de esas de lectura atenta, terminan siendo de autores consolidados, que ya superaron el filtro de ese primer eslabón donde todos —sabios e idiotas— se esfuerzan por asomar la cabeza; Aníbal Núñez, Jacobo Cortines, Wislawa Szymborska, Álvaro Valverde, T. S. Eliot o el ínclito Juan Ramón Jiménez son los autores de poesía que he leído o releído en condiciones estos últimos meses. Consolidados o grandes directamente. De lo nuevos, solo intenté embarcarme en Javier Vela, joven coleccionista de premios, banal como una rosa marchita. Tiempo perdido, que es lo que me cabrea. Podía haber aprovechado para leer algo de E. L. James, que la tengo eternamente en pendientes. Al menos ella no intenta apresar ese momento trascendental, escurridizo, sublime, inasible, místico, escalifragilisticoespialidoso que es el coito, sino que se contenta con darle azotes a Anastasia en el culo.

Quizás por eso me sorprendí a mí mismo comprando La Universidad Blanca. Pues no conocía a Belda antes de leer sobre este libro. Pero las reseñas fueron tan buenas, que lograron meterme dentro el gusanillo por degustar esos versos que parecía que daban tanto de hablar. En condiciones normales, hubiera esperado uno, dos, quince años, tras haberme quedado con el nombre de Belda, y a esperar que otros hicieran la criba de consolidarlo, para leerlo entonces. Pero oigan, lo compré.

Y, desde luego, La Universidad Blanca impresiona. Por sus planteamientos y por su ejecución. Se divide en tres partes: los fragmentos del autómata, la narración del autómata —donde se encuentra el largo poema de «La Universidad Blanca» que da título al libro— y las canciones de Vesperal. Es en los fragmentos del autómata donde más he disfrutado de la lectura de los poemas, con un medido tono rítmico, y un imaginario poderoso. Me quedo con el sutil —o nada sutil, más bien— sentimiento de alineación, la necesidad de entrar en contacto y valorar la humanidad de cada uno en cada aspecto —paisajístico, social— que se muestra en los trazos de los fragmentos del autómata. «La Universidad Blanca», de resolución perfecta en pareados alejandrinos pocas veces rotos, abruma; para lo bueno y para lo malo. Las ideas ya anticipadas en los fragmentos cobran aquí nuevas aristas, como cristales que se superponen a otro dejando aparecer nuevas luces, colores y formas. Las canciones de Vesperal, por último, me dejaron algo más frío, pero cierran con eficacia el libro en un tono más convencional aunque solvente.

Y queda ese frondoso ejercicio de intertextualidad, donde se entremezclan tanto los escritores, bien desde la mención directa —Nabokov, Yeats…—, bien desde un ejercicio paródico —Eliot, de nuevo Nabokov, y todos los que me pierdo—, con la música.

Todas las reseñas que había leído apuntaban a la mezcla de géneros y la introducción de la narratividad —al estilo de Poe, Nabokov y Eliot— como característica destacada de La Universidad Blanca. La poesía abordada a lo grande, en otras palabras. Y no se equivocaban. Pero no es esa narratividad poetizada —o poética narrativizada— lo que más destacaría, en mi personal y subjetiva impresión como lector. Sino que es la forma en que cada fragmento se retroalimenta, son esas ideas anticipadas que ya he mencionado que se van vistiendo sucesivamente a lo largo de los versos en repeticiones y variaciones. La Universidad Blanca es como una especie de caja de resonancia, donde cada vibración en cada frecuencia compone un todo orgánico, multiplicador, diverso.

No es mi labor dilucidar si Ismael Belda es o será un autor de verdadero renombre con el paso del tiempo. Si me obligaran a pronunciarme a punta de pistola, contestaría que sí, pero no dejaría de ser un gambito. No es mi intención hacer crítica literaria pura. Sencillamente, apuntar mi experiencia: que he disfrutado de La Universidad Blanca, y que La Universidad Blanca ha colmado mis expectativas estéticas, esas que desean que lo que uno lee sea no solo gustoso, sino bueno, muy bueno.

Y de propina, algunos versos de —insuficiente— muestra:

Pasea por Sunset en crepúsculos interminables. En el cielo, a veces,
se libran batallas carmesíes entre ejércitos secretos. Todo el mundo
lo ve. Todos hablan de ello.
De lo más alto de una palmera muy delgada
un pájaro mecánico alza un vuelo rutilante y se funde
con la estela de un avión. Todo hace señales.
Las delicadas hierbas que rompen el asfalto al pie de las verjas dobladas
son de una inexpresable belleza, y el autómata
piensa que querría hacer música con ellas, para ellas, si pudiera.

(de «El autómata toma habitación»)

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