FA1._El_munecojpgSinopsis. En 2010, Ann Willmore, una librera de Fowey, el pueblo de Cornualles donde vivió Daphne du Maurier hasta su muerte, descubrió el relato que da título a este libro, escrito por la autora en 1928, en un conjunto de relatos rechazados por las revistas a las que iban destinados fechada en 1937, antes de que alcanzara la fama internacional con Rebeca. La autora hizo referencia a este relato en su autobiografía, pero permaneció perdido durante décadas.

Los cuentos que componen esta antología, representan el talento joven de una mujer que llegaría no solo a ser una de las autoras más leídas del planeta, sino una referencia dentro del género de la intriga gótica, elemento que forma parte de algunas de sus más inquietantes narraciones, como la que presta su título al libro. Narraciones atmosféricas, perturbadoras, elegantes, son un retorno al inmenso talento de Daphne du Maurier para encontrar el lado más oscuro y escalofriante de las situaciones cotidianas, mostrándonos con una prosa impecable que lo más inesperado, sobrecogedor e inolvidable, puede sucederle a cualquiera.

El lector no será capaz de despegar los ojos de las páginas de cada cuento hasta llegar, tembloroso y sin aliento, hasta el inolvidable párrafo final.

El muñeco. Daphne du Maurier (trad. de Marian Womack, pról. de Pilar Adón)

Nevsky | octubre 2011 | rústica con solapas | 288 pp. ISBN: 9788493937904


Nevsky comenzó la andadura de su serie las «Fábulas de Albión» con esta colección de relatos de Daphne du Maurier, la inolvidable autora de Rebeca. El muñeco contiene trece tempranos cuentos, a través de los cuales fue moldeando su escritura, y que sufrieron las penurias de verse rechazados o arrinconados en las oficinas de las revistas a las cuales iban dirigidas. Pero, como mostró la trayectoria posterior de la novelista, el rechazo no se debió tanto a una carencia de talento, pese al carácter primerizo de las narraciones, como a un juicio obtuso de los que debían valorarlo.

Pues, en líneas generales, y sobre todo desde la mirada que otea desde lo alto, como un vigía, que contempla el conjunto de los relatos y la trayectoria y claves de la autora, estos trece relatos merecen mucho la pena. Diferentes entre sí, aunque con elementos comunes, no hay un nivel desparejo entre las distintas narraciones, sino que todos rayan a una destacable altura. No es óbice para que sea justo reconocer que lo mejor del arsenal se concentra en los dos relatos que abren el volumen, «Viento del este» y «El muñeco», el que da título al libro.

A Daphne de Maurier se le conoce, sobre todo, ligada a un tipo de novela de reminiscencias góticas y fantasmagóricas. Pero este elemento, en realidad, solo se aprecia en dos de los relatos de este volumen: «El muñeco» y «El valle feliz», de muchas concomitancias con Rebeca este último. Sí domina en todos un tipo de escritura atmosférica, como incide el texto de contraportada, donde lo perturbador se introduce a través de unos personajes que viven dominados por la pasión. Y que casi siempre tienen consigo el sesgo de lo fatal e irremediable. Y predomina también una acre comicidad, muy fundamentada en la ironía, que trae al lector en muchas ocasiones esa risa sardónica en su ambigüedad.

Y no debemos de olvidar que nos encontramos ante una escritora joven, de principios del XX, cuando tras el camino recorrido a lo largo del XIX, las mujeres están logrando ganarse el hueco en la literatura. Muy especialmente en el género novelístico —y con él, todo ese estilo narrativo amparado en la novela—, donde los grandes nombres como Austen o las Brönte, en el pasado, o Woolf entre las contemporáneas, son ya reconocidas por la alta cuisine literaria. Daphne es de esmerada educación, está al tanto de las últimas novedades y tendencias —alguno de sus personajes lee a Joyce—, y aunque su estilo adopta un enfoque más convencional que otros contemporáneos suyos, predomina en ella la frescura de la joven de veintipocos y veintitantos que se abre al mundo, que tiene en la escritura su camino para descubrirse y descubrir al exterior. En la línea de sus ilustres predecesoras, y del tono algo convencional de su estilo, es la educación sentimental el otro rasgo más llamativo que teje en un hilo común los relatos. Son ellas, casi siempre, las que llevan la voz cantante. Ellas las que se enfrentan a una vida social ante la cual tienen que aprender sus resortes y mecanismos para desenvolverse con éxito. Pero Daphne nos cuenta su historia con una voz personalísima y una sensibilidad destacable. Pasión, comicidad, goticismo… no son más que caras de un mismo crisol en el que se reconoce una autora dispuesta a comerse el mundo.

El primero de los relatos, «Viento del este», comienza fuerte, y nos trae un magnífico ejemplo de como lo pasional a veces se entrelaza con lo obsesivo y lo fantasmagórico. Se ambienta en la remota, endogámica y apartada isla de Santa Hilda:

Era casi como si no existiera tal lugar, como si la isla fuera un sueño, la creación fantasmagórica del cerebro de algún marinero, algo que se elevaba del mar hacia la media noche como un desafío a la realidad, para después desvanecerse y convertirse en espuma y brumas que podían ser olvidadas, o ser medio recordadas años más tarde, centelleando durante un segundo asombrado en el cerebro dormido como una idea difunta. Y, aun así, para los habitantes de Santa Hilda la isla era una realidad, y los barcos que iban y venían, sus fantasmas.

No es este un relato gótico, aunque bebe de la sangre gótica de su autora. No es lo sobrenatural lo que se impone, sino una fuerza irracional, que parece que emana de la naturaleza, venida con ese viento del este. El mismo viento que ancla en la isla la insólita visita de un bergantín, imposibilitado de embarcarse en otras rutas mientras se mantenga este traicionero temporal. ¿Qué cuenta esta historia de pasiones obsesivas? Con uno de sus marineros, sobresaltada la tranquilidad y la monotonía del lugar, tiene el personaje de Jane su escarceo adúltero. Y su marido Guthrie, quizás más salvaje, más primario, se venga con el hacha. Restablecido el orden, se va el viento, con él el bergantín, y se queda un aire más calmo, el del sudoeste. La súbita irrupción de lo extraño ha alterado el lugar y, entre bailes y brandy, ha arribado la tragedia. Lo pasional se ha impuesto con macabras consecuencias. Es el mejor ejemplo de cómo lo obsesivo se cuela, como un calabobos y de manera irremediable, en los resortes narrativos de Daphne du Maurier.

Llama la atención la sobreabundancia de adjetivos en este relato. No es, pese a todo, una rémora: cumple fielmente al dotar de un espectral ambiente de ensueño, distancia y sentido de lo extraordinario al relato. Y perdonadme el destripe de la trama de «Viento del este»: confiad en que no os va a reducir lo más mínimo el gozo de su lectura —es redondo, quizás el que más, y lo es por cómo está escrito—, y por contra ejemplifica muy bien lo que quiero expresar sobre la escritura de Maurier. Y prometo no destripar los doce cuentos que quedan.

De entre ellos, lo gótico estricto se encuentra en «El muñeco» y «El valle feliz». En el primero de nuevo encontramos a un personaje, el narrador, presa de sentimientos arrebatados, en un frenesí pasional. Rebeca —¿a qué suena este nombre?— es su objeto. Pero en la relación hay cierta imposibilidad de amar, cierta perversión que se va descubriendo. Algún muñeco tiene algo que ver. Mentiría si dijera que es una de esas obras capaces de colarse en el espinazo y provocar una desagradable corriente helada. Es magnífico.

Dije que la mayor carga literaria se concentraba en estos dos primeros relatos, pero desde luego que los que siguen mantienen un nivel muy alto de lectura. Muchos de ellos oscilan entre una comicidad áspera, una aparente moralidad que cede ante el gozo rococó y a cierto nihilismo, y una pasión desatada, siempre una pasión obsesiva. «Y ahora a Dios nuestro padre» sigue a un párroco de fama, un animal social revestido de pueril orgullo, a cuyo encargo queda la resolución de una desagradable historia de enredos entre un noble y una criada, con embarazos de por medio. En «Una diferencia de carácter», en «Frustración», en «Nada duele mucho tiempo» y en «Fin de semana» se satirizan las relaciones de parejas, donde el amor, más que un aliciente, en ocasiones termina siendo no más que un estorbo, una apariencia que vive en una obsesión fútil e inconstante. Algo muy sangrante en «Y sus cartas se volvieron más frías», donde se narra, desde la perspectiva de las cartas de él, una historia de amor que nace y termina en escasos meses. El componente satírico que destilan estas narraciones dejan un regusto agridulce en el paladar del lector, pero también la sonrisa del que entiende que Daphne du Maurier se divierte al tiempo que las escribe, que tantea un mundo hostil y lo disecciona, en realidad, en un intento de apresarlo.

En otros relatos, la carga negativa es demasiado opresiva, y las frustraciones y anhelos rotos de sus protagonistas se vuelven desasosegantes. Así sucede en «Piccadilly» o en «Mazie», cuyas protagonistas comparten nombre y desesperanza. Son chicas perdidas, condenadas a la prostitución, a la caída libre, a los placeres prestados de la juventud y belleza efímeras.

Diferente es «Gato doméstico», uno de los relatos que más he disfrutado en mi impresión lectora. Es una educación sentimental de pleno derecho, también agria. En este relato se contraponen los deseos y el ansia por vivir de una joven, recién salida de la infancia, impaciente por gozar de todo lo que la vida puede ofrecerle, y una realidad más oscura de lo que sospecha. Ella solo ve, en su juvenil estado, nuevos vestidos, diversiones sociales, viajes, teatro. Pero, en su inocencia, la interpretación que realiza de las actitudes de su madre y del tío John, un hombre que es para ellos casi de la familia, aún sin ser tío real, resulta completamente desubicada. Y ahí radica la clave de este relato de suntuosos colores y salones: no es la alegría, no es el crecer feliz, la maduración no es otra cosa que la pérdida de la inocencia, nos viene a decir.

Y cierra el volumen una vuelta a lo cómico, el elemento que en un principio pensaba que sería algo más marginal pero que es el verdadero nexo de unión de estos relatos. Es «La lapa», la historia de Dilly, a quien todo sale mal, y en su impavidez es incapaz de entender que lo que ella cree que es ayudar y darlo todo por los demás, en última instancia es entrometerse hasta lo obsesivo en sus vidas.

Un último apunte: no son solo relatos lo que ofrece este volumen. Antecede a estas trece historias un medido —ni breve, ni extenso— prólogo de Pilar Adón, una de las voces femeninas que más hueco se está ganando últimamente. Su prólogo enmarca a la perfección a Daphne du Maurier. Léanlo, y eleven un poquito más ese placer que la lectura de El muñeco  puede ofrecer.


NOTA. Esta reseña estaba pendiente desde hace mucho más tiempo de lo que el pudor me permite reconocer. Hace ya algunos años que el editor del magnífico —pero hoy tristemente parado— GRUNDmagazine, amigo mío, me facilitó un ejemplar de El muñeco, detalle de Nevsky para su reseña en el magazine. Algunos problemas míos de entonces arrinconaron el libro en un rincón, y la prometida reseña no llegó nunca, con el consiguiente perjuicio para con la amabilidad mostrada por Nevsky. Sirva esta entrada, pues, aunque a destiempo y cuando ya ha llovido demasiado, para paliar en lo posible mi irresponsabilidad de entonces. Sin negar que dicha irresponsabilidad, por mucho problemas que tuviera, es inexcusable.

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