Píldoras azules - PeetersSinopsis. Con frescas pinceladas de humor y una sinceridad nada autocomplaciente, Frederik Peeters se adentra en una historia que, con aparente sencillez y una lucidez desarmante, aborda temas tan universales como el amor o la muerte. Trece años después su creación, Frederik Peeters ha dibujado ocho nuevas páginas de cómic que ponen luz acerca de dónde están en la actualidad los protagonistas de Píldoras azules, y se añaden a esta nueva edición junto con un post scríptum de dos páginas que el autor suizo nunca incluyó anteriormente en una edición en papel.

Dotado ya de una soltura gráfica y capacidad narrativa impecables, Peeters habla de su historia con Cati, del VIH que va a condicionar su relación y de todas esas emociones contradictorias que él, ellos, van a tener que superar: ¿compasión, piedad, lástima, sentimiento de culpa o amor puro e inalterable? Más fresco y positivo que oscuro y fatalista, ofrece sin atisbo alguno de sensacionalismo o victimismo fácil la posibilidad de un acercamiento al día a día de la enfermedad al tiempo que sorprende la madurez de un creador con 27 años a la hora de gestarla.

Píldoras azules (ed. ampliada). Frederik Peeters
(pról. de Óscar Palmer, trad. de Gaizka y Javier Zalbidegoitia Bohoyo)

Astiberri | marzo 2015 | cartoné | 216 pp.
ISBN: 9788416251056


Trece años después. Es el tiempo que pasó desde que Peeters nos ofreciera la que es ya, de pleno derecho, una de las obras clásicas de la historieta. Y que es, para quien esto escribe, la novela gráfica que más fascinación ha ejercido, hasta el punto de que no me duelen prendas de levantarla en un altar, como favorita de entre todas las novelas gráficas que han pasado por mis manos. Por eso me congratulé especialmente cuando supe que Astiberri publicaba una nueva edición, en cartoné y con algo de material extra. Poco tardó en estar en mis estanterías y en ser releída de nuevo: sigue tan fresca y subyugante como el primer día.

Quizás por esa condición de obra fundamental en mi acercamiento a la viñeta me voy a permitir la digresión de evocar un poco mi acercamiento al cómic [uno siempre puede saltarse este párrafo y los dos que siguen para ir directamente al comentario de la obra, después de la viñeta algo más abajo]: me apetece contar lo que significó para mí, desde una perspectiva lectora y estética, Píldoras azules. Antes de Peeters había tenido una aproximación adolescente a la viñeta: mi generación es la de Bola de Dragón, y de niño crecí intentando hacer en el patio con los amigos el kamehameha de Goku y la catapulta infernal de los hermanos Derrick. Desde pequeño, en los fines de semana, gastaba aquellas pesetas que acumulaba en comprar los mangas que publicaban Planeta de Agostini, Glénat y Norma. En torno a doscientas pesetas me costaban los números normales, y ya sobre quinientas cuando empezó a haber ediciones un poco más generosas en páginas. Pasé los primeros años del instituto entre Akira Toriyama, Rumiko Takahashi, Masakazu Katsura, Clamp, Ryusuke Mita y tantos otros. También, como ocurre con todo jovenzuelo imberbe, Peter Parker, Lobezno o Reed Richards, entre tantos superhéroes de la Marvel (a la DC apenas la leí) eran lecturas recurrentes. Como lo eran Escobar, Jan, Ibáñez o Goscinny y Uderzo. Pero lo que coleccionaba era el manga. Y resulta que crecí. Y aunque seguí aficionado a lo japonés gracias a la soberbia literatura de Kawabata, Mishima o Kenzaburo Oé, con mi propia maduración vino el cambio de perspectiva. El manga, en su inmensa mayoría, es cómic barato de género. Clichés y recurrencias ya conocidas. Historias previsibles, sin chicha, muy adscritas a un perfil lector muy determinado, a quien se le ofrece exactamente lo que él demanda. Algo que también es achacable a los superhéroes americanos, quitando autores puntuales que trascienden el género —Alan Moore como caso paradigmático— y que hace todo más cansino. Ibáñez quedaba en la infancia, aunque el tiempo, curiosamente, me ha hecho apreciarlo más según he vuelto a disfrutar de él. Quizás porque Ibáñez habla al niño y al adulto, y el manga y los superhéroes le hablan al adolescente tanto físico como mental.

Así que me había alejado del mundo de la viñeta, y me había dedicado, en el temprano paso a lo adulto, con el pueril orgullo y desdén que le acompañan, a persistir en lecturas elevadas al tiempo que me aficionaba al jazz y a los vinos. Los cómics se desechaban, quitando puntuales lecturas para llenar esos ratos de aburrimiento donde no hay nada mejor que hacer. Píldoras azules fue el punto de inflexión, a pesarde leerlo casi de forma descuidada, en un rato de dispersión: en la biblioteca pública provincial de Cádiz, aprovechando que hacía unas horas de novillos en mis clases universitarias. Tuvo que ser hacia 2005. Me fascinó al instante, y significó que me propusiera indagar en torno a autores alejados a esa producción en serie que caracteriza al manga y a los superhéroes americanos. Y así, Junto a Frederik Peeters, las lecturas de Craig Thompson, Manu Larcenet, Carlos Giménez o incluso algún japonés como Jiro Taniguchi me fueron congraciando con el formato artístico de la viñeta. Hoy la consumo con avidez desde hace ya algunos años, recobrada la pasión, aunque es cierto que cuando reviso catálogos desecho inmediatamente las secciones de «Manga» o «Superhéroes/Americano» y voy directamente a «Europeo» o «Autor». A estas alturas, tengo yo también un perfil bastante determinado.

¿Qué es lo que tenía Píldoras azules para operar esa reversión en mí? Para empezar, el hecho de que fuera una historia adulta, muy alejada de todo lo que había consumido anteriormente. Muchos mangas, aunque tenían sangre y sexo —o precisamente por eso—, no eran adultos, eran adolescentes, que no es lo mismo. Píldoras azules era, además, una historia que pretendía contarnos algo que importaba, y no contarnos una historia que sencillamente nos entretuviera. Y leyéndola, se apreciaba con claridad la impresionante construcción artística que había detrás. Era lo primero que leía con «dibujitos» que pudiera compararse, en intenciones y en alcance, a la literatura «seria» que solía y suelo leer. La historia me absorbía, no porque fuera entretenida y quisiera pasar la página rápido y saber si el protagonista moría o por fin se refocilaba con la jamona, sino porque me introducía en su mundo y me hacía reflexionar y sentir. Lo que se espera de la mejor literatura. Hoy, una década después, he vuelto a releer Píldoras azules, y sonrío satisfecho de ver que lo que mis primerizos ojos valoraron sigue ahí.

Píldoras azules - Peeters 2

Píldoras azules es la historia de Fred, quien empieza una relación con una chica seropositiva. Una chica, además, que ya es madre y que ha transmitido su enfermedad a su hijo. Basta este planteamiento para arquear las cejas y pensar inmediatamente en los melodramas tan propios de las sobremesas en Antena3, pero sería un error. Píldoras azules se aleja conscientemente de la lágrima fácil o el dramón, ofreciéndonos por contra una historia mucho más rica y matizada. Para empezar, Píldoras azules es autobiográfica. Y el centro de atención, pese a lo que pueda parecer si se resume de manera algo banal el argumento, no es cómo sobrelleva Cati, la protagonista, esa puñetera enfermedad que desgraciadamente ha transmitido a su hijo. Es cómo sobrelleva Frederik Peeters, el autor y narrador, empezar y afianzar una relación con una chica seropositiva de la cual está profundamente enamorado. Y cómo tantea su relación con el hijo de ella, cuyo lugar va ganando, fuera del alienante entorno de los no lugares hospitalarios, al mismo ritmo que cualquier otra relación entre un niño y el novio de su madre. Piedad, compasión, descubrimiento de lo estrictamente humano más allá de una enfermedad capaz de definir una existencia… todas las etapas emocionales pasan por el narrador respecto de las dos personas a las cuales ha unido su vida. Y es el desmenuzamiento de ese vaivén anímico y sentimental lo que hace excepcional a Píldoras azules. Es como una confesión honesta, que no rehuye las flaquezas y que pretende mostrarnos un fresco humano y personal nítido y sincero.

Hay otros varios grandes aciertos en esta novela gráfica. De entrada, la muy redonda estructura de la trama, que anticipa y recupera de manera hábil todos los motivos que se van desplegando a lo largo de sus páginas. Aunque en el dibujo general la historia mantiene una estructura clásica y ordenada en lo cronológico, que permite ir creciendo con ella desde el inevitable chico-conoce-chica, el comienzo de la relación, su afianzamiento —y con él los temas del hijo, el VIH, el sexo…— y la maduración, las distintas fases están tratadas con mayor libertad. Se disponen a modo de capítulos con cierta ligazón temática antecedidos por algún dibujo representativo —el peine y las tijeras anteceden a un capítulo de corte intimista, hogareño, las píldoras al hospital…—, pero dentro del capítulo la libertad se erige en aliada indispensable para llenarnos la narración de matices. Los flashbacks ligados a un espacio son recurrentes dentro de cada capítulo, de modo que la línea temática de cada capítulo queda enriquecida con las marchas y vueltas entre el presente y el pasado. En última instancia, estas microestructuras responden al concepto capital sobre el cual gravita Píldoras azules: la reflexión y análisis de las propias circunstancias, de los propios miedos, deseos y esperanzas.

Otro de sus aciertos es el agradable tono de humor que enreda casi toda la obra, reduciéndole la solemnidad que un tema como este podría hacer demasiado cargante, y por contra volviéndola más humana. No es cuestión baladí: en este tono algunas octavas menor el lector empatiza con más facilidad, y a la postre, otro de los temas capitales de Píldoras azules entra con naturalidad: me refiero al conocimiento-desconocimiento del VIH, cuya paulatina adaptación de sus protagonistas repercute directamente en una ilustración para nosotros, puesto que derriba algunos mitos y cuestiona otros. Destaca aquí el personaje del médico personal de ambos, un secundario muy logrado que se convierte en asidero de la relación, una especie de humanización de la ciencia que permite tantear los límites en los cuales Fred y Cati han de desenvolverse. Algo muy patente en las páginas dedicadas expresamente a la relación sexual —donde, por cierto, no hay ningún tipo de regodeo, y el tono intimista que envuelve toda la novela gráfica se hace dueño—.

Queda un último elemento muy destacable. Píldoras azules, en cierta manera, podría decirse que es costumbrismo puro. Retazos de slice of life que acude a lo que nos rodea, a lo urbano, lo real. Pero al igual que la historia sigue una trama cronológica que, en realidad, no desdeña de una urdimbre más ambiciosa que mezcla saltos atrás y adelante, este realismo está revestido de ciertos componentes fantásticos que amplifican la dimensión metafórica y analítica del relato: ¿rinocerontes y mamuts en una historia ambientada en Ginebra? ¿ese mamut, que sirve de contrapartida al protagonista en una conversación muy clarificadora sobre sus concepciones más íntimas? ¿Por qué no? En última instancia, no deja de ser un recurso más como dibujar a Fred y Cati sobre un sofá que flota en el mar, abstraídos de todo y todos en la fiesta en la cual se están conociendo.

Píldoras azules - Peeters 1

Podría extenderme mucho más sobre todas las virtudes que atesora Píldoras azules, pero se me han ido los dedos sobre el teclado introduciéndola —o introduciéndome—, y ya solo quiero recalcar el que tiene que ser mi mensaje fundamental: que Píldoras azules es una obra que recomiendo fervientemente.

Esta edición ampliada incluye unas páginas dibujadas trece años después. A modo de confesionario, Peeters interroga a su familia actual sobre el VIH y sobre el propio Píldoras azules. Son páginas prescindibles, aunque funcionan bien como curiosidad y como alimento para el que se ha introducido en la historia hasta el punto de vivirla, puesto que retira todo disfraz literario a lo autobiográfico. Pero sobre todo merece la pena esta nueva edición porque es en cartoné, y una obra —obraza— como esta debe de conservarse en el mejor estado posible en nuestras estanterías. Como cuidamos a una joya.

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