El Giro de Italia - BuzzatiSinopsis. En mayo de 1949 Sicilia acoge la salida y las primeras dos etapas de la más prestigiosa competición del ciclismo nacional, el Giro de Italia. La trigésimo segunda edición fue memorable, entre otras cosas, porque tuvo a un cronista de excepción: Dino Buzzati. La competición se desarrolla en un contexto histórico particular: el progresivo acercamiento del Giro al sur de Italia, en la tierra del bandido Giuliano, para subrayar la renovada unidad nacional, teniendo como telón de fondo la reconstrucción posbélica de una Italia empobrecida y destrozada por la guerra. Dos semanas después de la tragedia del Gran Torino, desaparecido para siempre entre las nieblas de Superga, el 18 de mayo desembarcan en Palermo 102 ciclistas, y entre ellos, Dino Buzzati, corresponsal del Corriere della SeraEl escritor y periodista no se limita a la crónica deportiva, sino que construye un memorable retrato de aquella Italia eufórica e inquieta y de aquellos atletas que devolvieron algo de felicidad a un país que necesitaba olvidar. En la crónica de Buzzati no podían faltar Fausto Coppi y Gino Bartali, los gigantes del ciclismo italiano, cuya rivalidad adquiere tintes de alegoría bélica ofreciendo un ejemplo impecable de periodismo literario.

Los veinticinco artículos pueden y deben leerse como un largo relato, donde el narrador acaba eclipsando al periodista, la percepción se entrelaza cada vez más con la imaginación y la descripción se transforma en una misteriosa y encantadora metáfora de la existencia.

El Giro de Italia. Dino Buzzati (trad. de David Paradela, intr. de Claudio Marabini)

Gallo Nero | junio 2014 | rústica con solapas | 184 pp.
ISBN: 9788494235719


Gallo Nero es otra de esas editoriales pequeñas que sigo con especial atención. Una rápida hojeada a su catálogo descubre, pese a su eclecticismo, unos criterios coherentes y muy cuidados, donde se percibe la mano maestra de una personalidad definida. Se trata, en este caso, de Donatella Iannuzzi, italiana de nacimiento pero madrileña de amorosa adopción desde 1999. Rimbaud, Crumb, Heinz, London o Pasolini desfilan por un catálogo embrujador: no hay nada mejor para garantizar la fidelidad a un sello editorial que la pasión desbordada de un lector —lectora en este caso— que ama su trabajo, y que se esfuerza por mostrarnos una selección de lo que nos gustaría leer, y nos lo presenta en un envoltorio atractivo, reconocible y cuidado. Con ese ánimo fue con el que me encaminé, en esta última feria del libro, a la caseta que compartían Gallo Nero, Contra y Sajalín, la 267. Pero Donatella tenía una mala noticia: ya no quedaban ejemplares del libro que buscaba, El Giro de Italia de Dino Buzzati. Aunque me explicó que tenía en mente una reedición, esta todavía tardaría un poquito en llegar. Me consolé haciéndome, en su lugar, con Nebulosa, de Pier Paolo Pasolini. Pero días después, en una librería —de esas de libros bien escogidos y café— encontré un ejemplar de Buzzati, con el que me hice enseguida y que me llevé a casa conmigo. Y me debió de gustar bastante, puesto que me hallo escribiendo esta reseña.

En la cubierta de El Giro de Italia, Fausto Coppi bebe bajo la atenta mirada de un par de personas. Debe de tratarse de la llegada de alguna etapa, cuando tras el gran sacrificio de la carretera el cuerpo pide azúcar y líquido reconstituyente. Se aprecia el sudor en el maillot del equipo Bianchi, pero el rostro de Coppi —que en realidad, como tantos héroes abonados al sufrimiento, era bastante feo— está resplandeciente, como si nos echara en cara una juventud insolente*. El fondo de la cubierta se ha recortado, y todos los demás elementos remiten al diseño normativo de esta colección de Gallo Nero. La fotografía, en realidad, se ajusta tanto al contenido del libro en particular, como a la propia colección: la nostalgia que emana la fotografía en blanco y negro, la del héroe pasado, es la misma nostalgia de la literatura del siglo XX que Donatella está empeñada en seleccionarnos y rescatarnos.

Pero la portada y el título llevan a alguna confusión, como he podido constatar que ha sucedido al ver algunas reseñas breves en la web. El Giro de Italia no versa sobre el Giro de Italia. El Giro de Italia es una excusa en manos de un escritor capaz que crea, en El Giro de Italia, otra cosa, que parece el Giro, pero no es el Giro. El Giro de Italia no es medicina para los ansiosos aficionados al deporte, sino medicina para las infatigables ánimas literarias. Casi me ofendió cuando, en la caseta 267 de la feria del libro —todavía no estaba Donatella, la conocería después—, ante la ausencia de Buzzati, me ofrecieron El Tour de France de Mario Fossati, en la misma colección. Bueno, no me ofendió tanto, exagero. Seguramente sea un libro atractivo —que lo publique Gallo Nero es suficiente garantía—, y lo tengo entre los fichados como futuribles, pero no venía buscando un libro de ciclismo o de Fossati. Venía buscando a Buzzati. Preferí consolarme, en su lugar, con Pasolini.

El Giro de Italia - Buzzati 1

En la génesis de El Giro de Italia está el empeño de Claudio Marabini, autor del texto introductorio en el cual se enmarca y se justifica la presente edición. Un estudio suyo sobre las crónicas que Dino Buzzati escribió para la trigésimo tercera edición del Giro de Italia en el Corriere della Sera, entre el 18 de mayo y el 14 de junio de 1949, culminaron con la publicación de dichas crónicas. Porque sí, porque lo valían, como constató Marabini. Y es todo un acierto, como lo es el que ahora se hayan vertido al español.

Sobre todo esto último, puesto que el periodismo siempre estuvo muy circunscrito a su literatura de origen, y con el agravante de formar parte de un tipo de difusión efímera, lo que en cierta manera entierra los textos sin darle una oportunidad a alcanzar cotas algo mayores, que en muchos casos merecería alcanzar. Desde luego, hay un tipo de periodismo, el Nuevo Periodismo o New Journalism, que desde los años sesenta y con el foco de irradiación los Estados Unidos, amplió los estrechos márgenes del género influyendo poderosamente en autores foráneos. Desde Vazquez Montalbán a Manuel Vicent, muchos escritores ligados al periódico no hubieran sido lo mismo sin el empuje de los Capote, Wolfe o Talese. Pero el New Journalism tiene una cara perversa: con Estados Unidos como abanderado de la dominación cultural del XX, parece como si la unión de literatura y periodismo, de la crónica como relato o juego literario, fuera invento suyo. En España teníamos a Corpus Barga o Chaves Nogales para desmentirlo. En Italia, como se puede observar gracias al maravilloso ejercicio de rescate que es este librito, está Buzzati. En realidad, el New Journalism se sobrepuso a los estrictos condicionantes de las archiconocidas w, how-who-whenwherewhat-the-fuck, que se habían impuesto en el desarrollo de la prensa estadounidense de gran tirada, la cual había tratado de desterrar la opinión en favor de la información pura y dura. Era una reacción, por tanto, interna, sin exclusión de que grandes escritores ya llevaran largo tiempo medrando por la prensa periódica, estadounidense y no estadounidense. Dino Buzzati, por supuesto. Que no es tan grande como Larra, pero es grande también.

Centrándonos en El Giro de Italia, creo que está bastante claro ya que se trata una serie de crónicas, publicadas diariamente en el Corriere della Sera a lo largo del Giro de 1949, en el cual Buzzati acompañó a la comitiva ciclista desde su salida en barco en Génova destino a Sicilia, previa parada en Nápoles, para dar el pistoletazo de salida a la carrera en Palermo, hasta su finalización en Milán. Varias semanas de estricta convivencia con héroes y espectadores del ciclismo transalpino vertidas al papel. La extensión de las letras que escribía cada noche, al filo de la jornada, con destino a su publicación inmediata al día siguiente, oscila entre las cuatro y las siete páginas. Veintiséis crónicas, en total, a través de los cuales dibujó para los lectores del periódico un fresco vívido de lo que era aquella carrera, capaz de atraer todo el entusiasmo allá por donde pasaba.

Pero Buzzati fue un cronista atípico. Para empezar, no era un entendido de ciclismo. Una rémora a la que alude en algunas de las primeras crónicas, donde menciona su subordinación al resto de corresponsales en algunas conversaciones. Y, desde luego, no tuvo intención de traernos una narración tópica y detallada del desarrollo de la prueba. A grandes rasgos, y visto desde la distancia, el conjunto de las crónicas, coherente, es como un cuadro impresionista tras cuyos trazos desciframos escenas del Giro, pero que centra su atención en los colores, matices y sensaciones que lo circundan, más que en el objeto retratado propiamente dicho.

No hay una relación detallada de las clasificaciones, ni siquiera la alternancia de la maglia rosa está siempre especificada. Buzzati divaga. Prefiere, día a día, ir construyendo una metáfora de lo que él observa en el quijotesco empeño de unos ciclistas que se aventuran a sudar esfuerzo y dolor, con el aparentemente banal objetivo de dar una vuelta completa a Italia. Así es como nos relata Buzzati la aventura ciclista, metafóricamente, como si fuera una guerra de inquietantes adversarios:

[…] a punto está también el enemigo, más fuerte y temible esta vez que todos los años anteriores. Atención, señores de la carretera, no os confiéis. […] ahora llega el trago amargo. Desde el primer día tendréis que dar guerra a un ejército tenaz y numeroso; y pasado mañana y al día siguiente y en los sucesivos volveréis a encontrároslo. Lanzará contra vosotros a sus regimientos de siniestro nombre: se llaman kilómetros, nubes, truenos (se acumulan ya amenazantes en el cielo), polvo, desniveles, siroco, baches y fatiga.
Descargará aguaceros helados sobre vuestra espalda, os agotará con sube y bajas asesinos, arrojará bajo vuestras ruedas la pérfida gravilla. Se producirán los temidos pinchazos, choques, caídas, calambres, forúnculos, sufriréis la sed, erraréis el camino, padeceréis lumbalgia, desánimo y soledad. Entre las armas prohibidas del enemigo, se halla también la maldita penalización que disuelve en la nada horas y horas de épico esfuerzo. Así hasta el final.

Esta construcción metafórica del Giro se enriquece con el dibujo de sus dos grandes protagonistas, los héroes que todos esperan: Bartoli, el campeón presto a ser destronado, como Héctor ante Aquiles, que es Coppi. El cronista no se olvida de los espectadores, con sus insistentes gritos «¡Bartoli!», «¡Coppi!», como si fuera casi una letanía fatal que condena a la oscuridad el trabajo de los gregarios. Y a Bartoli-Héctor le asigna un rival más fuerte e implacable que Aquiles: la edad, la destructora de glorias que deja en el pasado todo fogonazo de grandeza.

Pero no es solo la narración del Giro como un canto homérico lo que transmite Buzzati, sino una metáfora más global, más alegre y jovial: el Giro como símbolo de la reconstrucción de Italia, después de los duros años pasados en el conflicto bélico recién terminado de la II Guerra Mundial. Estos guerreros y batallantes corren y viajan a lo largo de Italia, y con ellos traen la ilusión recobrada de los pueblos que van despertándose a una nueva vida más limpia. El deporte como regenerador del mundo. Al paso de los ciclistas saludan no solo las muchedumbres asomadas a la carretera, sino ninfas, sirenas, e incluso árboles que adquieren voz para hablarles. Es una prosa poética, en ocasiones lindante con la cursilería, pero que Buzzati somete para hacernos el regalo de su ilusión y su esperanza. Y también su simpatía por aquellos pequeños y desposeídos que con su vivir han dignificado la especie humana: algunas de las etapas de transición o descanso las aprovecha para, a modo de relato, descubrirnos personajes humildes pero inolvidables: como el anciano Vito Ceo, que trata de recordar su juventud ciclista corriendo, como espontáneo, a la par que los ciclistas profesionales, desde las primeras etapas, pero que va quedando irremisiblemente atrás; o como Antonio Buelli, quien fuera «un ciclista que a duras penas sacaba lo justo para vivir», pero que prosiguió su pasión desde un proyecto insólito, el de amenizar con una banda musical —que fue ensamblando a lo largo del tiempo— el paso del pelotón.

Aunque Buzzati divaga y se pierde, como el pintor impresionista, en todas las tonalidades y colores que el paisaje le sugiere, no se olvida de los capítulos estrictamente deportivos más importantes: la batalla de los Dolomitas, la primera derrota de Bartali ante Coppi, y su destrono final en la cima del Izoard. Etapas que llegan cuando ya estamos aproximándonos al final del Giro —y con él, al final de las crónicas—, y que completan, de otra forma no podría ser, un testimonio personalísimo de aquel Giro de 1949, que vivió tan en directo como los medios de la época lo permitían.

Queda recapitular y hacer recuento de lo que ha visto. ¿Qué queda?:

Así pues, ¿sirve de algo una cosa tan estrafalaria y absurda como dar la vuelta a Italia en bicicleta? Por supuesto que sí: es una de las últimas provincias de la fantasía, un baluarte del romanticismo, que, sitiado por las sórdidas fuerzas del progreso, se niega a darse por vencido.
Mírenlos cómo pedalean por campos, colinas y bosques. Son peregrinos en camino a una ciudad lejanísima a la que nunca han de llegar; símbolos de carne y hueso, como los de los cuadros de los pintores antiguos, de la incomprensible aventura de la vida. Y esto es romanticismo puro.


* La fotografía se tomó en el Giro de 1952. Tenía 32 años, cerca ya de los 33, los mismos que tengo yo ahora. Dejadme la ilusión de que todavía, a esta edad, se es joven…

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