La señorita Pym dispone - TeySinopsis. Tras convertirse de la noche a la mañana en escritora de éxito gracias a su libro de psicología popular, la menuda e insegura señorita Pym es invitada a dar una conferencia en Leys, la prestigiosa escuela de educación física para jovencitas situada en plena campiña inglesa. A primera vista, y a pesar del extenuante ritmo de estudios, todo allí resulta ideal: la segunda guerra mundial acaba de terminar, el aire de los jardines es vivificante, las jóvenes alumnas no pueden ser más inteligentes y amables y el variopinto profesorado resulta sugerente y cabal. Pero, bajo la atenta y analítica mirada de la señorita Pym, esa imagen de apacible rutina irá poco a poco desmontándose a partir de pequeños y enigmáticos incidentes que harán aflorar el lado menos amable del internado.

Un apasionante puzle de piezas desencajadas y giros inesperados que poco a poco irán dibujando un sorprendente desenlace.

La señorita Pym dispone. Josephine Tey (trad. de Pablo González-Nuevo)

Hoja de Lata | abril 2015 | rústica con solapas | 319 pp. ISBN: 9788494280542


Josephine Tey es el seudónimo de Elizabeth Mackintosh (Inverness, 1896 – Londres, 1952), una prolífica autora que se dio a conocer por sus novelas de misterio, sobre todo aquellas que tenían por protagonista al inspector Alan Grant de Scotland Yard. Pertenece, por el tiempo y tipo de literatura en el cual se prodigó, a la conocida como la edad de oro de novelas británicas de misterio o detectives. Aquí las mujeres tuvieron un papel preponderante, sobre todo gracias al extraordinario éxito que cosechó en sus historias Agatha Christie —su personaje más conocido, Hércules Poirot, goza de fama mundial—, a la que arroparon Dorothy L. Sayers, Marsh Ngaio y Margery Allingham. A las cuatro se les caracterizó como las reinas de la delincuencia. A ellas se les podría sumar Josephine Tey, pero con reticencias. Porque aunque cultivó esa narrativa de misterio la originalidad de sus planteamientos le distanció notablemente de sus compañeras. Y también, por qué no decirlo, porque en calidad está uno o dos peldaños por encima de ellas. Lo que no impidió que apenas hayamos podido disfrutar de Tey por estos lares, en contraste con Christie, el caso más exitoso. Poca cosa: La hija del tiempo (RBA, 2014) y ahora La señorita Pym dispone, gracias a Hoja de Lata.

Tampoco nos confundamos. No nos encontramos ante la gran novela, aquella que va a cambiar el modo con el cual observamos el mundo y que pasearemos orgulloso bajo el brazo por el café bohemio. La señorita Pym tiene dos objetivos primordiales, intrigar y entretener. Pero los cumple con un oficio y una solvencia indiscutibles. Y es, además, muy buena novela, de esas que muy difícilmente defraudarán las expectativas de un lector con criterio, incluso aunque dichas expectativas se sitúen muy altas a la hora de embarcarse en su lectura. Algo que espero hacer ahora con vosotros. Solo hay un tipo de lector que puede sentirse defraudado: aquel que, atraído por la etiqueta de misterio, busque una novela ramplona de asesinatos que ponga pronto las cartas sobre la mesa. No, La señorita Pym dispone no es de esas, aunque pueda decirse que sea de misterio. Aunque pueda, con más o menos rigor, adscribirse a una de las subcorrientes de las novelas británicas de misterio del siglo de oro y posteriores más estereotipadas, el cozy mistery (o los «misterios acogedores»), normalmente desarrollados en comunidades pequeñas, donde la labor detectivesca la lleva a cabo un aficionado, y no un profesional —sea detective, o inspector…—, y donde lo más sórdido está rebajado un par de grados. Josephine Tey tiene bastante originalidad para eso. De acuerdo: la trama se desarrolla en una apartada academia interna para chicas y en la población vecina; la señorita Pym, la que «investiga», es una escritora aficionada de libros de psicología; y no están los sórdidos momentos de Lost and Delirious, por mucho que nos gustaría. Pero el misterio, como tal, no se presenta hasta el último cuarto del libro, cuando ya nos estamos aproximando a marchas forzadas al final.

Me imagino al lector que solo quiere ver el asesinato y su resolución, bufando con el libro que ya ha alcanzado su ecuador: «¿pero dónde está el maldito misterio?». Lleva ya muchas páginas familiarizándose con la señorita Pym y las integrantes del internado en el que se encuentra de visita, tanto alumnas y como profesoras, y aún siguen enfrascadas en sus ejercicios de gimnasia. Desesperante. Pero un lector con un mínimo de instinto y sagacidad se habrá apercibido, a estas alturas, de lo que hace a Tey especial frente a sus contemporáneas novelistas: una muy fina psicología. Lo mejor de esta novela son sus personajes, y el modo en el que Tey nos los va calando hasta el momento en el cual, como un resorte, se dispare la trama propiamente dicha de la novela. Y para cuando eso suceda, no espere tampoco el lector una resolución blanca y feliz como las que suelen cerrar las novelas de Agatha Christie: asesino o ladrón descubierto, criminal castigado, el orden completamente restablecido, y a casa que nos espera un bocata de mortadela. Josephine Tey no se contenta con este tipo de resolución plano y prefiere deslizarnos un tipo de dilema moral a través de su historia. El nombre de la novela, La señorita Pym dispone, de un corte tan juvenil y desenfadado a primera vista, como si fuera una novela más de Los cinco, tiene más chicha de lo que a priori puede dar a entender: no es otra cosa que un parafraseo de los Proverbios bíblicos. «Dios dispone», en el original. Jugar a ser Dios, o el dilema moral, he aquí la sustancia de esta novela.

¡Ah! ¡Y qué bonita y cuidada la edición de Hoja de Lata! Da gusto tenerla entre manos.


ADDENDA. Una reflexión me surgió mientras leía esta novela que, como digo, está escrita con mucho oficio, y sabe deleitar respetando la inteligencia del lector —lo que es lo mismo que decir que deleita con calidad—, al relacionarla con otra de mis lecturas más recientes, Mujeres y libros de Stefan Bollmann (Seix Barral, 2015). En su ensayo, Bollman traza un fascinante recorrido por la historia de las mujeres lectoras, que es casi como hacer un recorrido por la novela, ante la enorme influencia que tuvieron ellas en este género literario. Solo una cosa me disgustó, aunque tampoco podía reprochárselo a Bollman puesto que lo hacía desde una perspectiva rigorista y desapasionada: el exceso de atención que, para la salud de mi estómago, dedica a E. L. James —con su infumable 50 sombras de Grey— y al fenómeno de la fan-ficition. Me inunda el pesimismo. Muchas de las claves narrativas de La señorita Pym, así como varios de sus elementos, se aprecia que fueron bien recogidos por J. K. Rowling para su saga de Harry Potter. No digo que Rowling bebiera directamente de Tey —no tengo ni la menor idea—, pero sí que tuvo que formarse y medrar con el tipo de novelas que Tey y sus contemporáneos hacían. Se aprecia la huella. Rowling tiene un cultivo de formación literaria detrás, lo que explica la perfecta urdimbre de sus libros —negar que Harry Potter mide primorosamente los tiempos narrativos y el misterio que se va desplegado, y que eso requiere de oficio y buenas artes, es un ejercicio de pedantería que atufa a culo oligofrénico—, y eso es precisamente lo que le falta a E. L. James, cuyo referente literario, por mucho que cite a Austen, era Stephenie Meyer, a cuyos vampiros con brillantina había puesto a meterse dedo en sonrojantes ejercicios de fan-fiction antes de dedicarse a Anastasia. Es inevitable que haya aberraciones así entre los best-sellers —¿o nos hemos olvidado de Dan Brown y sus ridículos misterios?—, pero, y volviendo al hilo de mi reflexión, mientras leía La señorita Pym dispone, iba reconociendo ese trasfondo cultural y literario de Rowling. Ojalá los best-sellers los consigan gente como Rowling, que divirtió a generaciones de niños y jóvenes, sin descuidar a sus adultos, y les ofreció un producto que, sin ser de excesiva entidad literaria, sí tenían algo de esa entidad y sobre todo eran dignísimos productos de entretenimiento.

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