Woolf - Un cuarto propioSinopsis. «No hay marca en la pared para medir la precisa estatura de las mujeres. No hay medidas… que determinen las condiciones de una buena madre o el cariño de una hija, la fidelidad de una hermana o la capacidad de una ama de llaves», comenta Virginia Woolf en este ensayo, pero lo que también nos dice es que para escribir una novela una mujer tiene que tener un cuarto propio y comida caliente; en resumen, tener una vida propia e independiente.

Lejos de ser un alegato furibundo contra los hombres, Un cuarto propio es un elegante ensayo que ya en 1929 ponía sobre la mesa unos temas que aun hoy son objeto de debate, como la dependencia económica de la mujer con respecto al hombre, el cuidado de una familia y la figura de la mujer como musa inspiradora del artista pero con poca presencia en la práctica de la creatividad.

Este ensayo, publicado ya repetidas veces en España, se presenta ahora de forma inédita: su formato va a ser especial y además de la traducción de Jorge Luis Borges y el prólogo de Kirmen Uribe, va a contar con unas espléndidas ilustraciones de la joven dibujante norteamericana Becca Stadtlander.

«La vida para todos nosotros, hombres y mujeres…es difícil, ardua: una lucha que no se acaba nunca y nos reclama mucho valor y fuerza. Bien mirado, lo que quizá nos reclame más que nada, siendo como somos criaturas hechas de vaguedades, es confianza en nosotros mismos.» Virginia Woolf.

Un cuarto propio. Virginia Woolf
(trad.  de Jorge Luis Borges, pról. de Kirmen Uribe, ilustr. de Becca Stadtlander)

Lumen | segunda edición | mayo 2013 | cartoné con sobrecubierta | 128 pp.
ISBN: 9788426421654


Es llamativo que resultándome ridícula la mayoría de la literatura feminista, especialmente cuando se entra en los absurdos terrenos del empleo del género gramatical como género sexual o cuando al iluminati —o iluminata— se llena la boca de palabras como heteropatriarcado, que a fuerza de un empleo tan alegre ha terminado significándolo todo y significando absolutamente nada, me encuentre con un manifiesto feminista —que usa dos veces la palabra patriarcado— y me termine pareciendo una obra redonda, e incluso necesaria. Quizás porque no tener simpatía para con el feminismo radical no significa no alentar y compartir el feminismo.

De hecho, no dudo en reconocer que Un cuarto propio es una de las mejores lecturas con las que he tenido ocasión de deleitarme en estos últimos tiempos. Desde luego, el empleo de una prosa que aglutina a su favor todas las armas y colores de los mejores recursos literarios, tiene mucho que ver. Un cuarto propio es un ensayo que se desliza con suavidad entre el empleo de ricas descripciones y metáforas junto con una serena y muy bien medida ilación del discurso. En la base de todo, la necesidad de preparar una conferencia sobre el tema La novela y las mujeres. Como tesis de llegada, la importancia clave que tiene, para las mujeres, el no haber dispuesto de un cuarto propio —e independencia económica— para poder abandonarse a la creación. Pero esto, que muchos acusarán de materialista, no es más que una reducción muy simplista de lo que se encuentra entre las páginas de este maravilloso ensayo.

Quizás lo mejor sea la hábil urdimbre a través de la cual Virginia Woolf, aunque en ocasiones manifieste no querer seguir un hilo de razonamiento por no verse devorado por él, entremezcla diversos niveles de análisis que conforman un todo coherente. Este alegato feminista contiene en sí un intimista ejercicio de introspección, otro de crítica literaria y otro aún más audaz de crítica social, y todavía hay tiempo para esa sátira e ironía tan sutiles y consustanciales al temperamento británico. Por las manos de Woolf —desdoblada en Mary Beton o Mary Carmichael— pasan los eruditos y plúmbeos trabajos sobre mujeres, todos escritos —entonces— por hombres, la obra de autoras primerizas —pocas aquellas que se sobrepusieron al páramo femenino anterior a los siglos XVIII y XIX— y las grandes novelistas de su tiempo y el siglo anterior. También la obra de aquellos autores andróginos, como Shakespeare, anteriores a la irrupción de las mujeres al circuito cultural, y que por tanto no tenían en la cuestión de género un fermento para pervertir, a través de complejos de superioridad o de ira, la creación.

Este último es uno de los mejores puntos del ensayo: la creación literaria requiere de una libertad de ejecución tal que no se vea lastrada por la necesidad de reivindicarse, de expresar ese yo dolido —o amenazado, en el caso de los hombres— que contamina a los personajes y el discurso de las obras. La androginia como paradigma de las alas que permiten expresar la literatura sin trabas. Un ideal que es el que pide a las mujeres que tienen que venir después de ella, traspasadas ya algunas puertas, y que tendrían que resultar en algo digno de leerse. La mujer, considera Woolf, tiene mucho que decir, propio a su sensibilidad. Y ahí reside el meollo de ese alegato feminista: exprésate.

Pero para conseguir ese vertido de tinta sobre el papel, la mujer requiere de un cuarto propio, nos dice. Y también de unas cuantas libras al mes, que la dote de esa independencia necesaria para la labor literaria auténtica. Es un punto audaz, lógico, consecuente con la triste trayectoria —de posibilidades cortadas— de la mujer. Pero es también el punto más endeble y reprochable del discurso. En este materialismo, aunque inevitable —la propia Virginia nos muestra cómo en el más alto porcentaje los mejores escritores han recibido formación universitaria, es decir, han dispuesto de todos los medios materiales para alcanzar sus cotas—, es un ejercicio de clasicismo, y al mismo tiempo la paradoja de atentar, de nuevo, contra una amplia porción del ser humano. Parte del círculo de Bloomsbury, rodeada de la más granada intelectualidad británica del momento, Woolf contempló la revolución industrial y obrera con una poco disimulada mueca de desagrado en su rostro. El elitismo, y ese mismo complejo de superioridad que achaca a los hombres, le pueden:

[…] Porque el genio de Shakespeare no nace de gente de trabajo, ineducada y servil.
No nació en Inglaterra entre los sajones y los britanos. No nace hoy entre la clase obrera. ¿Cómo, entonces, pudo haber nacido entre mujeres cuyo trabajo empezaba […] casi antes de abandonar la nursery y al que estaban forzadas por sus padres y por todo el poder de la ley y el hábito?

Desde luego, como buen materialismo, no significa que entre la clase obrera pueda haber gente de genio, pues no es una cuestión de esencia, sino de circunstancia, tal y como reconoce acto seguido:

Sin embargo, alguna especie de genio debe haber existido entre las clases trabajadoras. De vez en cuando luce una Emily Brönte y un Robert Burns y prueban su presencia. pero sin duda nunca llegó a la estampa.

Pero ese elitismo, si se lee con atención, recorre todas las páginas del ensayo, una pequeña mancha que, sin embargo, no desluce lo que es un discurso formidable. Mis respetos a Virginia Woolf. Ojalá pudiera avanzar unos años, hasta ahora, cuando tantas mujeres acceden a la palestra del mundo editorial, y aún tiene que llegar lo mejor. No a través de ese feminismo radical, que tanto me aburre y desprecio, que se da en twitter, en la medianía de los puestos públicos de medio pelo, en vociferantes vocingleras de escaso recorrido intelectual. En las estupendas creadoras que hay hoy en día.

Unas palabras sobre la presente edición, que tiene dos grandes puntos a su favor, y otro completamente prescindible. En lo positivo, el hermosísimo trabajo de edición, trayéndonos Un cuarto propio en un bonito volumen en cartoné con sobrecubierta que juega con el propio diseño, y enriquecido con las ilustraciones de Becca Stadtlander; y la traducción de Jorge Luis Borges, que pese a algunos pasajes en los que me dio la sensación de no encontrarme con el mejor trabajo posible, se deja notar en el estilo, adaptándonos de forma primorosa al español esa rica cadencia de palabras que es Virgina Woolf. En lo negativo, el prólogo de Kirmen Uribe, aburrido, poco iluminador, contaminado por ese yo herido que tanto deplora esa escritora a la que prologa. Compara la condición femenina de ella con la de autor en euskera suya propia. Nada que ver: una condición tiene que ver con el acceso, la otra con la difusión. No es un tema de culturas minoritarias, sino de libertad de expresión.

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