Ávila - RecovecosSinopsis. Dan las doce en el reloj del campanario de la iglesia. Es medianoche. El sonido de las campanadas reverbera en las angostas calles, en las cuestas empedradas y en las paredes de piedra encaladas de cada casa. A pesar de la hora, el pueblo, un pueblo, cualquier pueblo, comienza ahora a desperezarse. Se despide un día de riguroso calor extremeño. Cercano suena el bullicio de la chavalería jugando en la plaza.

En el patio de la vetusta casa de gruesos muros, un niño asiste, ensimismado y en silencio, a la conversación entre dos hombres mayores. Los tres disfrutan del somero relente que la noche concede. El olor a geranio recién regado acompaña al chirriar de los grillos en la profundidad del corral. La noche mansea e invita a la charla. La penumbra del lugar también ayuda.

Los hombres hablan de tiempos pasados, de vivencias comunes, de gentes que les evocan sentimientos compartidos y que ocuparon los recovecos de sus vidas. Las risas se convierten a veces en sonoras carcajadas ante recuerdos amenos. Los largos silencios encierran pasajes menos gratos.

Es una escena de ayer y de hoy, de aquí y de allí, cuyos protagonistas, aunque se fueron, aún están. Intemporal, anónima, inconexa y hasta inconclusa. Eso es Recovecos.

Manuel Ávila. Recovecos (pról. de Juanchu Rubio García)

Ringo Rango | septiembre 2015 | rústica con solapas | 230 pp.
ISBN: 978848494382482


Los arrabales de la literatura son como un campo salvaje extendido más allá de las madroñeras y de las jaras que serpentean con los caminos. Junto a la malva silvestre crecen hierbas ya marchitas y humildes acerones. Junto al castaño centenario, incipientes carrascos que otean el espacio del que han de adueñarse. El ciervo con la alimaña. Frente a ese bosque, la historia de la literatura, claro, es el jardín que se cuida, que se poda con tino, que destaca a sus ejemplares más lustrosos y exhibe orgulloso la armonía del conjunto. Pero no se encuentran allí, en exclusiva, todas las piezas que se codician para lustrar un parterre particular.

Claro que en este campo tan diverso y descuidado sobra la morralla, y sobran las oportunidades por las cuales cualquier escritor —con medido oficio o por pura ansia de juntaletras— dispone hoy, más que nunca, de una facilidad de alcance que sobresatura el panorama editorial. Y no solo el libro, porque internet y los nuevos formatos han revolucionado el modo de acceso a los contenidos, del mismo modo que en las dos centurias pasadas el periodismo dio un vuelco completo a la relación entre escritores y lectores. Nos llegan los empolvados diarios de la adolescente que, en la comunión con sus lectoras del blog, encuentra asilo para la exasperante irritación del pavo. Nuevos gurús —de cualquier tema peregrino— acumulan followers atentos a sermones de 140 caracteres que calan en receptivas mentes de pareja profundidad. El ya canoso poeta, que en su juventud creyó que el Juan Ramón modernista era el sumun de la belleza de la vida, y que calmó sus ansias de frustrados premios literarios en una modesta edición —costeada por él, ¡cómo no!— repartida entre sus familiares. Profesores de secundaria, encariñados con su materia, que desahogan sus jornadas iguales en la excepcionalidad del día en que pueden mostrar sus tanteos literarios al mundo exterior.

Quizás me puede la socarronería. Pero no. Es cierto que Manuel Ávila, el autor de este libro, es profesor de secundaria. Que tiene también una página web en facebook desde donde ha aglutinado a sus seguidores, amantes del gurú. Vamos, casi un tópico con patas, en estos tiempos. Pero lo cierto es que Recovecos me ha gustado. Como un pequeño tropiezo con una curiosa flor en un campo de por sí más hecho al amarillo de los secarrales del verano.

Digo yo, porque si no, no estaría escribiendo aquí sobre su obra, recién salidita del horno, ¿no?

Recovecos es una suerte de recopilación de pequeñas historias —pequeñas anécdotas, sería lo más exacto—, de esas que se cuentan al calor del brasero de picón o en la camaradería de la posá del pueblo. Esas pequeñas historias que buscan la risa cómplice, aunando ingenio y la remembranza de viejos tiempos y personajes familiares. Enhebran estas historias el tío Antonio Chirimías, paisano de Aldehuela del Jerte, en compañía de una reconocible pasarela de personajes: Josefa la biencompuesta, su mujer, o Marcial el teniente, su primo y compañero de fechorías, o tantos otros aldehueleños. Dice Juanchu Rubio, en el prólogo, que le gusta llamar a Recovecos «La colmena extremeña», por su carácter coral. Y es que a base de la concatenación de anécdotas, el protagonismo es múltiple, y termina recogiéndose a toda la fauna del pueblo, convenientemente diseccionados a partir de pequeñas escenas. Claro que equipararlo a la obra de Cela es un error de base —y no por la disparidad de talentos literarios—, sino porque poseen un carácter que los separa irremediablemente. No hay en Recovecos esa voluntad totalizadora, ese protagonismo absoluto del enjambre que se mueve a varios niveles —de la crítica al canto desesperado—, ni hay el menor asomo de ese cuidado estructural que hace de La colmena una pieza de relojería digna de la paciente y metódica labor de las abejas.

Recovecos es mucho más sencillo que eso: es la yuxtaposición de anécdotas, todas ambientadas de algún modo en Aldehuela y sus habitantes, amontonadas una otras otra, al buen tuntún, con tío Chirimías como una suerte de nexo de encuentro. No hay más, pero en esa sencillez reside su fortaleza y su encanto. Un encanto, todo sea dicho, de un carácter muy localista y apegado a los modestos núcleos poblacionales de la tierra extremeña. Porque lo que tienen las pequeñas anécdotas de Recovecos es que apelan de manera directa a un tipo de memoria común y muy concreta, que afecta a una sensibilidad colectiva. La de los habitantes rurales de esa Extremadura pobre, rica en costumbres, en saberes atávicos, pero menesterosa en cuanto a los medios para llenar el fogón. La tierra de forzados emigrantes y de aquellos que se quedaron para labrar la tierra a costa de sus manos. La alegría del anís del mono y el negro recogimiento de las mujeres. Son historias que se completan cuando el lector, dueño de un trasfondo compartido, puede emplazar algo de sí mismo en las historias que se cuentan.

Los personajes son reconocibles: el cura de constitución robusta que se mueve con la doblada altanería del que se sabe dueño del bienestar de las almas de sus ovejas; el municipal resabiado, preso de una pedantería que difícilmente alcanza a ser pedante, quedándose en lo pusilánime; la vieja mujer que habla a base de frases hechas y refranes; el emigrante que regresa a su tierra natal tontamente cosmopolitizado; aquella mujer que fue pública y que, ya perdida la juventud, ejercita la sabiduría salvaje de las curanderas y las matronas… No es Recovecos, sin embargo, una colección de fisonomías, sino de anécdotas. Y es lo que lo hace tan divertido.

El tío Chirimías, el hilo conductor de todas las pequeñas historias recogidas, es de esos ancianos de piel curtida por el sol, que tiene en la posá, en los chascarrillos y en el placer de los ataques de risa una suerte de filosofía vital. Aficionado a contar las divertidas hazañas propias y ajenas, el espíritu que le alienta es el verdadero narrador de estas historias. Historias que son dueñas del humor que caracteriza a Chirimías, ese humor con retranca, que se apoya en los dobles sentidos, en las réplicas ingeniosas, en el feliz hallazgo de una suerte de ocurrencia traída en el momento justo.

La prosa de Manuel Ávila, nada pretenciosa, pero rica, se amolda perfectamente a este tipo de narración. Es directa, confiada, sin dejar espacio a esos complacientes momentos de regodeo virtuoso, y sí a la sentencia certera, sin perder nunca ese retintín burlón que mantiene la perenne sonrisa del lector. Como cuando, con una frase, cata a tía Casilda desgracia:

Había venido al mundo a sufrir, y también a fomentar el sufrimiento del prójimo.

La solvencia como narrador de Manuel Ávila es lo que permite que, gracias a su amenidad y su constante humor —no solo por lo divertido en sí de las historias, sino también por recursos cómicos constantes como las trastocaciones y disloques que sufren el habla y el pensamiento de sus protagonistas—, el potencial lector que puede disfrutar de Recovecos se extiende más allá del reducido conjunto de todos aquellos que compartimos las raíces de la Extremadura rural. Pero pese a todo no será lo mismo, desde luego. Hay cierto placer moroso en el regodeo en esos aspectos del habla, en esos personajes tan reconocibles, que son nuestros, y que hacen tan extremadamente placentero leer esas historias. Es como estar en la posá, y dejar que Chirimías, a quien conocemos perfectamente, nos cuente él mismo las historias, sus fechorías lenguaraces, los recuerdos. De ahí que seamos los convecinos del tío Chirimías —de todos los tíos Chirimías— los que verdaderamente sintamos ese pequeño aguijón que se nos clava con cada cuentecillo, como si se nos tocara lo más propio.

Pero nada de lo que diga puede compararse a experimentar, de primera mano, el efecto que tienen esas historias en nosotros como lectores. Manuel Ávila popularizó sus anécdotas a través de facebook, una cuenta espuria, que impersonaliza a tío Antonio Chirimías. Posee muchos contenidos abiertos, así que no duden en visitarla y curiosearla, pinchando en el enlace. Comprueben allí si les llega. Porque allí se encuentran las historias, en el caldero en el que se concibieron —y siguen concibiéndose—, donde el aliento de los amigos y simpatizantes insufla las energías para que su autor persista.

Es precisamente la existencia de ese feedback lo que llevó a Manuel Ávila a transportar su tío Chirimías al papel, siendo este volumen el resultado. Lo edita Ringo Rango, una editorial que no es tal, sino que funciona a base de autoedición, un sistema en boga que democratiza el acceso al mundo impreso, pero que siempre he contemplado con mucho recelo. El propio Recovecos cae en varios defectos que, para un purista como yo, afean y deslucen el libro, puesto que reflejan la falta de una atenta labor editorial detrás, el gran reparo que le tengo a la autoedición. Pero son minucias, y mucho menores de lo que suele estilarse por esos lares de aficionados: el uso de las antiestéticas comillas rectas —también rectos los apóstrofos—, cierta vacilación en el uso de cursivas para los motes o en algún ocasional mal empleo de los guiones en diálogos, alguna errata como «al» en lugar del artículo «la» —indetectable para los programas de corrección ortográfica, y que de todas formas es común también en las editoriales grandes—, o algún que otro fallo del kerning en algunas líneas. Minucias, afortunadamente.

La realidad es que Recovecos, libro montaraz, rescatado de un campo agreste, adorna orgulloso mi parterre particular.

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