Ultimo encuentro, El_Autores_Sobrecubierta_131x205Sinopsis. Un pequeño castillo de caza en Hungría, al pie de los Cárpatos, donde alguna vez se celebraron fastuosas veladas y la música de Chopin inundaba los elegantes salones decorados al estilo francés, ha cambiado radicalmente de aspecto. El esplendor de antaño se ha desvanecido, todo anuncia el final de una época. En ese escenario cargado de vivencias, dos hombres se citan para cenar tras cuarenta años sin verse. De jóvenes habían sido amigos inseparables, pero luego sus caminos se bifurcaron: uno se marchó a Extremo Oriente y el otro, en cambio, permaneció hasta hoy en su propiedad. Sin embargo, ambos han vivido a la espera de este momento, pues entre ellos se interpone un secreto de una fuerza singular. Todo converge en un duelo sin armas, aunque tal vez mucho más cruel, cuyo punto en común es el recuerdo imborrable de una mujer.

En esta magistral novela, Sándor Márai plantea la búsqueda de la verdad como fuerza liberadora, como soporte ético imprescindible para sobrellevar el peso de una vida. La exactitud de su prosa, unida a la vigencia de sus propuestas morales, lo sitúa entre los grandes escritores europeos del siglo XX.

Sándor Márai. El último encuentro
(trad. de Judit Xantus Szarvas)

Salamandra | mayo 2015 | rústica con sobrecubierta | 192 pp.
ISBN: 788498387025


Hay escritores capaces de transmitir un estado de ánimo sereno, con la voz del que se sabe seguro de lo que tiene que decir y de lo que quiere transmitir. Sándor Márai es de esos. Su biografía está, además, cruzada de lado a lado por la Historia —Historia con mayúsculas, aquella de los voluminosos estudios— desde su natal Košice: fue parte del reino de Hungría, rendido a la soberanía de los Habsburgo y su imperio Austrohúngaro; después asistió al nacimiento de Checoslovaquia, que tendría que someterse al dominio nacionalsocialista de los alemanes, primero, y al del comunismo de la Unión Soviética, después. Márai no llegaría a ver el derribo del muro de Berlín, que se demolería en 1989, el mismo año de su muerte. Y si Košice fue zarandeada por los avatares políticos, Márai, en lo personal, no le anduvo a la zaga, peregrino en Europa, de Leipzig a París, indeciso en la lengua —empezaría a escribir en alemán, para volver después a su húngaro materno—, y se exilió a los Estados Unidos, cuya nacionalidad abrazó —¿qué queda, cuando todo te hace apátrida?—; allí terminó su vida.

Este andar a los traspiés de regímenes, conservando al mismo tiempo su independencia, provocó que el temprano reconocimiento del que gozó, siendo comparado con pesos pesados como Thomas Mann o Stefan Zweig, se torciera y le hundiera en cierta suerte de ostracismo. Tardaría más en ser recuperado, pero afortunadamente para nosotros hoy tiene el reconocimiento que su labor pide y exige. En el ámbito hispánico, nada mejor para ejemplificarlo en el hecho de que Salamandra está reeditando sus títulos en un formato propio, la «Colección Sándor Márai», algo fantástico, que singulariza y destaca con justicia a este autor —ejemplos de esta loable creación de líneas editoriales específicas para un autor son Lumen con Virginia Woolf y, en cierta manera, Cuadernos del Vigía con Max Aub—.

Tanto vaivén histórico no influyó solo en la creación de una cierta conciencia errante e independiente, sino que también le permitió asistir al desmoronamiento de todo un imperio, el Austrohúngaro, anclando su juventud en un entorno crepuscular y condenado a la extinción. El último encuentro es el testamento literario de un mundo desgarrado en jirones, visto desde la distancia, que pide una reflexión serena de todo lo que fue y lo que pudo ser. Claro que ese mundo extinto es el propio mundo interior de Sándor Márai, y El último encuentro no deja de ser, sin ambages, una lúcida reflexión sobre la propia condición humana. Es la reflexión pausada que no niega las pasiones que antaño pudieron habitar un cuerpo —una nación—, pero que las matiza con las hojas que los sucesivos otoños han dejado caer, tratando de entenderlas, de sobreponerse a ellas para atrapar mejor las claves de lo sucedido.

Este ambiente crepuscular es el que se desliza, de forma morosa, en el caduco escenario de un viejo castillo, donde perviven los retazos del antiguo y aristocrático imperio Austrohúngaro. Allí se enmarca el ajuste de cuentas, después de toda una vida, entre dos amigos que lo fueron todo en su juventud. Ellos son Henrik y Konrád. Crecieron y se formaron juntos. Fueron inseparables. La amistad se fortaleció en ellos hasta el punto de que no eran uno si no era con el otro. Pero algo pasó, y sus caminos se separaron, uno hacia el trópico, huyendo al exterior, otro arrinconado en su castillo de infancia, en la agobiante huida interior.

El último encuentro es el que se produce cuarenta y un años después. En el tiempo del ajuste de cuentas, cuando quizás ya no es necesario ese ajuste de cuentas. Porque es la serenidad de la senectud la que arrastra una visión desapasionada, pero lúcida y melancólica, del pasado, de lo que fue y de lo que pudo —o no pudo— ser. Con El último encuentro el lector asiste al despliegue de una recapitulación de lo que fueron dos vidas, una amistad; un honor. Es una novela sin acción, lo que no significa que algo que sucedió, la clave que explica ese reencuentro, aquella separación de los dos amigos, vertebra toda la narrativa, y mantiene en constante vilo al lector, consciente de que falta un elemento, clave, para comprender todo este entramado. Un procedimiento, todo sea dicho, algo tramposo, y donde reside quizás la mayor debilidad estructural de esta novela, a pesar de que articula  su interés desde la primera página a la última.

Es el sentimiento que dejan las páginas de El último encuentro, al final, lo que lo convierte en una lectura que bordea la mágico. Esa sensación difusa, extraña, como quien intuye que está reconociendo temas universales, la historia de todos. Es el gran regalo de Márai: deleitarnos con la delicada prospección del espíritu humano.


Una reseña abreviada de este libro se publicó como opinión quelibroleo

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