rondolaSinopsis. Hereva es la joven princesa heredera de Tertius, uno de los tres reinos de Róndola. Después de pasar los últimos cinco años en la Academia Superior de Costura para Damiselas Impecables y durante su ceremonia de graduación, todo su mundo se tambalea cuando dos paladines irrumpen en el castillo para salvarla del supuesto dragón que la tiene presa. A partir de ese momento, ella y sus inseparables amigas iniciarán un viaje lleno de aventuras con el objetivo de encontrar un remedio que libere a sus padres, los reyes de Tertius, de un terrible hechizo. Por el camino se encontrarán con hombres que se convierten en animales, unicornios que atacan a las mujeres que no son vírgenes y caperucitas con muy mala leche. Y Hereva descubrirá el sexo, el amor y alguna cosa más…

Sofía Rhei. Róndola

Minotauro | septiembre 2016 | cartoné con sobrecubierta | 608 pp.
ISBN:  9788445003954


Antes de hablar propiamente de este libro, conviene matizar algún aspecto. Y es que lo he encuadrado dentro de la categoría correspondiente a la literatura juvenil. A priori, todo conduce a que tal etiqueta parezca acertada: su temática se liga a la literatura fantástica; es  un libro entretenido, uno de esos que fuerzan a devorar página tras otra; y su autora, Sofía Rhei, se ha destapado como una de las mejores —y más voraces— escritoras que hay hoy en día para los más pequeños y los no-tan-tan-pequeñuelos. Sin embargo, en algunos lugares, incluyendo la propia web de la autora, se publicita Róndola como «su primera novela para adultos». Como si con ello quisiera distanciarse, en tono e intenciones, de su magnífica saga de aventuras del joven Moriarty, que recomendaré una y otra vez. Aunque hoy nos ocupamos de Róndola.

Pero no. Sigue siendo literatura juvenil. Y de la buena. Salvo por el pequeño detalle de que, ya en los primeros capítulos, la princesa Hereva, la por el momento dócil y obediente protagonista, se mete dedo y la escritura permite apreciar todo tipo de humedeces. En tiempos como los que estamos ahora, la inserción de un poco de sexo no debería de ser tan problemática, vista la sobreexposición de la chiquillería al último videoclip de Rihanna o la deriva de Hannah Montana tras superar la pre-preadolescencia. Y de todos modos esto no es una novela erótica, pues los episodios más carnales no abruman, ni mucho menos se apoderan de la tónica predominante, y, de hecho, la tonalidad mayor y fundamental es el humor, y el sexo es solo ese acorde de séptima que aporta tanta vivacidad a la novela.

Pero el tema de su categorización entre novela juvenil/novela adulta mejor lo dejo para el final de la reseña. Por el momento, es más pertinente reseñar que Róndola es de esos libros que, pese a su apariencia voluminosa se leen pronto —seis centenares de páginas, que tampoco es una burrada—, deglutiéndose velozmente cada uno de sus capítulos, a los que favorece un buen conjunto de sabores agradables y una digestión ligera y provechosa. Es un cuento de hadas, además, que no es un cuento de hadas. En el sentido de la tradicional inversión de tópicos de la narrativa popular con los que ya estamos familiarizados, desde Paco José Agustín Ibáñez —y su lobito bueno— a Shrek o algunas de las mejores páginas de Quim Monzó. Es uno de esos libros feministas sin estridencias, donde las mujeres son capaces de aferrarse a sus propios decisiones, y las princesas se arrojan la potestad de ser o no ser salvadas, o de salvar ellas mismas. Y es también la construcción de uno de esos mundos que —por lo detallista o por lo ensoñador— tanto facilitan su inmersión. Róndola es, además del título del libro, el nombre de un continente con forma de rosquilla, donde el once está muy presente: once puntos cardinales, once días de la semana, once meses… y donde las cuentas se realizan en un sistema de numeración con base en once. En un ejemplo del desenfado del libro, en algún momento de la novela se hace mención a los once dedos del hombre como explicación de la pertinencia de ese sistema numérico —pero, espera… ¿no estábamos en un libro feminista…?—. Un mundo más cercano a Mundodisco que a la Tierra Media.

En lo narrativo, la historia se amolda pronto al esquema de la queste o la búsqueda, donde la misión por cumplir vertebra, encamina y da forma a la historia —de hecho, los protagonistas se embarcan en un viaje que termina de rodear el continente—, pero no termina de dar una apariencia lineal y caduca gracias al buen número de personajes, cada uno con su protagonismo justo, al buen número de exagerados giros de guión y a la concatenación de sucesos disparatados. El deux ex machina se erige como uno de los principios que articulan el relato… como corresponde a toda buena parodia que trata de invertir los moldes. Y juntos, personajes y sucesos, hacen reconocibles algunas puntadas de actualidad, dejes de sátira que muestran que la novela permite una lectura a diversos niveles, con críticas sostenidas a condicionantes sociales o estamentos de clase.

Pero, al final, es ante todo un alegato a la fantasía, al optimismo, al placer de vivir y a la autodeterminación —de mujeres, de hombres, de brujas o de piezas de lego—. Su estilo, vivaz, se deja leer dentro de los cánones del género —con sus virtudes y defectos, defectos donde también incluyo ese empleo de cursivas para destacar palabras o la abundancia de las ridículas onomatopeyas en la dicción de sus protagonistas, con esas vocales que se alargan para sugerir gritos que me siempre me recuerdan, vistos en blanco sobre negro, a aquella mítica escena de Troll 2—, y tiene ese raro valor añadido de cerrar su última página con pena, como quien termina una aventura en la cual le gustaría haberse visto inmerso algún rato más. Y son seiscientas páginas, que ya dije.

Aun así, no es una novela adulta per se. O al menos yo no lo veo así. En mi caso particular, además, su lectura se ha enmarcado entre Natalia Ginzburg, antes, y Felipe Benítez Reyes, a quien me encuentro leyendo en estos momentos, que son escritores con un estilo y voz reseñables, con lo cual la distancia entre un tipo de escritura y otro se acentúa sobremanera. Róndola, con todas sus intenciones, es una novela bien hecha, pero ligera. Mil veces más digna que Laura Gallego y sus absurdamente encumbradas Memorias de Idhún, donde personajes y las relaciones que entre ellos se establecen son planos y ridículos, de sentimentalismo barato, frente a las cuales las establecidas en Róndola mantienen una brillantez de nota. Pero ligera, y ojo, porque esto lo digo como una virtud, máxime si la encuadro dentro de la literatura juvenil. Los temas y su desarrollo tienen todos los mimbres de subyugar al lector primerizo o segundizo que requiere de lecturas adictivas,* de esas que le entretienen al mismo tiempo que le hacen plantearse cosillas y estimulan su inteligencia.

Y oigan, a mis treinta y cuatro años, ya bien cumplida la mitad de la vida que cantó Dante, y dándomelas insensatamente de maduro, disfruté horrores de Róndola. Literatura juvenil, que como toda buena literatura juvenil, aprecian todas las edades.


* Exceptuando, claro está, a los hijos de aquellos padres beatos con problemas para la exposición al sexo de sus retoños, que siguen prefiriendo arrinconarlos a la intimidad oscura de su cuarto, a su tablet, donde investigan el sorteo de las restricciones parentales para poder acceder al último do-de-no-solamente-pecho de Stoya o Anastasia Steele.

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