onfraySinopsis. «En medio del campo donde plantábamos patatas, con el incesante gorjeo de las alondras de fondo, le pregunté qué lugar elegiría si de repente un genio se cruzase en su camino para hacer realidad el viaje de sus sueños. “El Polo Norte”, me respondió. Yo apenas tenía diez años. Debía rondar esa edad cuando, una noche de verano, delante de la puerta de casa, mi padre me señaló la presencia titilante de la estrella polar, que no duerme, que permanece fija en el cielo y sirve al navegante para no perder jamás el rumbo. Por su ochenta cumpleaños, le regalé un viaje a la Tierra de Baffin, más allá del círculo polar —en el Polo Norte. Estas páginas cuentan la parte visible.» Estética del Polo Norte es un diario de viaje, una filosofía del frío, una meditación sobre los males de la civilización. Onfray reflexiona sobre el espacio y la naturaleza pero también sobre su propia nostalgia. Un texto denso, lírico e inteligente en el que el autor asume una filosofía objetiva y silenciosa.

Estética del Polo Norte. Michel Onfray (trad. de Delfín Marcos)

Gallo Nero | septiembre 2015 | rústica con solapas | 176 pp.
ISBN: 9788416529209


max-aub

Sinopsis. Escrito entre 1934 y 1936, este libro relata en 21 capítulos un día en la vida de un hombre. Una jornada en la que el gozo de vivir constituye, el placer mismo de lo que lo rodea, constituye una epifanía terrenal y vitalista realmente fascinante. Con una minuciosa atención al detalle y un exquisito uso del lenguaje, Aub hace de esta obra indefinible un verdadero híbrido literario, un relato preñado de un lirismo exuberante; quizás un poema en prosa, un texto donde lo poético se revela como un canto total a la vida. La frescura, el deseo de vivir, el hedonismo natural que desprende el texto cobra mayor importancia en la trayectoria literaria de Max Aub si tenemos en cuenta el contexto histórico y personal en el que fue escrito. Este libro, trunco con el comienzo de la guerra civil, queda enquistado en el quehacer literario de Aub como el cierre de una primera etapa creadora vitalista y entusiasta, y da paso a una nueva mirada sobre la vida que lo había ya «preñado de otras cosas». Un libro como este da a su obra un nuevo matiz del que tuvo que desprenderse en cierta medida cuando «la guerra nos envolvió». Yo vivo es una demostración más del espectacular manejo que hace Max Aub del lenguaje, donde vuelve a subvertir los géneros con esa habilidad que lo hace único.

Yo vivo. Max Aub

Cuadernos del Vigía | abril 2016 | rústica con solapas | 84 pp.
ISBN: 9788495430571


lupano-panaccioneSinopsis. Cada mañana temprano, Monsieur sale a pescar por la costa bretona. El día en que comienza esta historia, Monsieur sufre un terrible percance: un gigantesco barco cisterna le engulle. Mientras, su mujer le espera en casa pacientemente, como ha hecho toda su vida. Monsieur no aparece, así que la intrépida esposa decide emprender su búsqueda. De esta forma da comienzo una peligrosa aventura por el océano. Lejos de cualquier pretensión metafísica, esta novela gráfica firmada por Wilfrid Lupano y Panaccione convierte la travesía del náufrago en una reflexión sobre los abusos que sufre el océano, lo que lo transforma en un libro que rezuma sensibilidad ecológica.

Un océano de amor. Wilfrid Lupano y Gregory Panaccione

Reservoir Books | septiembre 2015 | cartoné | 240 pp.
ISBN: 9788416195374


Un adjetivo habitual, camaleónico, es «luminoso». Se adapta a muchos usos, tanto en lo literal como figurado: parece que contagia al texto de su propia naturaleza, y suele encajarse bien a un buen número de sustantivos, sobre todo aquellos relacionados con el estilo o el producto de un quehacer artístico. Escritura luminosa. Obra luminosa. Verso luminoso. Pincel luminoso —aquí uno automáticamente piensa en Sorolla, tal y como ha templado la luz con el lienzo como muleta—. Braguetazo luminoso —ok, esto es una invención ridícula, pero seguramente es capaz de espolear tantas interpretaciones como lectores tenga este tonto fragmento—. O un oxímoron, porque sí, como los luminosos sonidos negros lorquianos. Vamos, que es un adjetivo fetén para usar a diestro y siniestro. Esta reseña es una de esas ocasiones, más a la diestra que a la siniestra. Son tres obras y las tres comparten entre sí, como salsa que liga el conjunto, esa etérea cualidad de ser obras luminosas dentro de un estilo luminoso.

De paso, un pequeño inciso. Las entradas en el blog se han ido espaciando desde días a semanas, después a meses, y quién no me garantiza que la próxima no será dentro de más de un año. Así que he decidido inaugurar una nueva categoría, «Trespréss», en un poco original epígrafe que fusiona el tres con lo expréss. Desde aquí es fácil deducir que esta categoría se dedicará a tres reseñas rápidas en una. Una forma de facilitarme la labor. Una vez justificado esto, tengo que reconocer que a usted, lector ocasional, seguramente le importe poco. A mí, como principal impulsor de la aventura del blog, sí me resulta una cuestión no baladí. Pero no quiero aburrirle, y me pongo al lío. No sin un último, ultimísimo apunte dentro de esta divagación: resulta tremendamente repipi llamar a esto del blog aventura, ¿verdad?

El primer golpetazo de luz lo trae Michel Onfray con su Estética del Polo Norte. A Onfray lo conocí y paladeé allá por 2006 —me es fácil recordar el año porque aún tengo en la memoria el momento en que compré un ejemplar de su Traité d’athéologie en la librería Mollat de Burdeos, durante mi año Erasmus, y el momento en que lo perdí años después, junto con una bandolera y un pendrive con los primeros balbuceos de mi tesis, en el pub O’Connells de la plaza de San Francisco de Cádiz—, y desde entonces me tiene subyugado. La Estética del Polo Norte es la menos académica —si a la escritura de Onfray puede llamársele «académica»— de entre las obras suyas que he podido degustar, y por el contrario es una inmersión completa en una escritura que trata de aprehender con el abecedario la naturaleza salvaje, amplia y sobrecogedora del Ártico. Por poner una analogía con la pintura, es como un paisaje de Friedrich. La ética de Onfray, lo más significativo del francés en el contenido de su obra, está muy presente, quizás un poco menos sustentada que en otros títulos debido a la excesiva e inocente defensa que hace del buen salvaje —aquí, los inuits—, lo que lo lleva más a un terreno emocional que puramente racional. Algo perfecto: lo importante aquí es lo formal y el modo con el que apela a nuestras emociones. No sabría describirlo con exactitud. O quizás sí: uno contempla cada página como quien se quiebra ante la grandeza blanca, imponente, —luminosa, oigan— de un iceberg vuelto de abajo arriba.

El segundo título viene de la mano de uno de mis escritores fetiche editado por una de mis editoriales fetiche para el autor: Max Aub y su Yo vivo. Que, por cierto, los granadinos de Cuadernos del Vigía han empezado por fin a editar El laberinto mágico y siguen asaltando con gusto mi cuenta corriente —en mi interior salto en la cama y grito eureka!—. Por no repetirme, remito al interesado al modo en que glosé las virtudes de la simbiosis entre autor y editorial en una entrada anterior. Aquí tenemos una prosa límpida y poética, que se gusta a sí misma en cada frase y cada palabra, con un hilo argumental nimio: un día. Vivir un día pleno de sensaciones. Tan bien escrita que llegó por momentos a erizarme el vello. Tengo que advertir que una de las personas que más admiro y que es una de mis personas favoritas en todo el orbe —con mejor criterio que yo, por norma—, tuvo más bien un sentimiento de repulsión. Por lo visto, regodearse dentro de un estilo poético en el sencillo acto de deglutir una merluza resulta difícil de digerir en lo lectoestomacal. No fue mi caso: Yo vivo es un deleite, un regosto, un ejemplo de la luminosa cualidad de la literatura para unir seres humanos con el delicado proceso de la identificación.

Queda un último fogonazo de luminosidad, en esta ocasión luminoso de puertas afuera y no solo de mente adentro mientras se codifica un estilo a base de palabras: ahora son dibujitos, y encima sin letras. Me refiero a Un océano de amor de Lupano y Panaccione —a usted, sagaz lector, no le sorprenderá lo más mínimo porque al comienzo de la presente entrada ya habrá visto los datos y la sinopsis del libro—. Una novela gráfica sin globos de conversación, pero con un guión perfectamente urdido que crea una historia con los tintes resolutos, fantásticos y totalizadores de la fábula. Uno pensará que los adjetivos que he escogido son algo idiotas —y que, por una vez, estoy esquivando lo luminoso, aunque al final del párrafo ya se verá lo erróneo del planteamiento—, pero no, los he medido. Aunque con fábula uno ya va que tira: es una historia con fondo moral —ecologismo, como Onfray— que apela a los sentimientos humanos —iba a decir como Aub, por eso de la simetría, pero más bien como Chaplin y su Modern Times, eso sí, menos conformista y más combativo—, construyendo una historia humana y vibrante. No digo mucho, en realidad, pero lo digo todo. Es lo que tiene lo luminoso, que ilumina.

Pónganse ustedes bajo el foco, y déjense deslumbrar. Les aseguro un pequeño cosquilleo que sube por la pantorrilla y sacude brazos y hombros.


Trespréss son tres reseñas breves y rápidas, incisivas, como ese café fugaz pero detenido que adereza la buena lectura.

La imagen de portada es cortesía de diannehope. Hay un alce, que no tiene nada que ver aquí, pero la foto me gustó.

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